EL ESPEJO: UN AMIGO

Soy un espejo rectangular, grande, elegante, con una bonita moldura de madera de caoba alrededor. Decorado con elegante tallado floral y rematado en lo más alto con una especie de corona, muy sofisticada, en pan de ángel, que le dan un toque jovial y al mismo tiempo realza más si cabe, mi esbelta figura.

Me han venido a buscar muchos anticuarios, porque ¿sabes? ¡Tengo estilo!, pero mis dueños no quieren prescindir de mí. En el fondo, me quieren, soy parte de la familia. ¡Qué sería de ellos sin mirarse al pasar por mi lado, dándose el último retoque, al peinado, al bigote, al sombrero… antes de aparecer ante cualquier invitado!

Me siento guapo, me siento bien, se miran en mí todos los habitantes de esta casa, desde hace varios siglos, y yo siento mucho orgullo.

He vivido diversas experiencias, porque me han colocado en distintos lugares del palacete donde habito, pero ahora creo que este nuevo, va a ser el definitivo. Ya os diré por qué.

No me quejo, estoy en lo alto de la escalinata principal que da acceso a los salones, por lo que no me pierdo ni una entrada, ni una salida, y todos me miran de frente y de reojo.

Mi primer destino fue la alcoba del señor, (bueno del primer señor, porque desde entonces, ha habido varios), era una antecámara amplia, elegante, llena de tapices, cuadros, jarrones, relojes y una amplia chimenea siempre encendida, que daba un toque grato de alta calidez.

Tenía una mesa de trabajo que usaba por las mañanas, pero yo creo que la que más le gustaba era otra que tenía al lado del balcón, con dos sillones de orejeras. A veces, cuando se sentaba allí a leer, apoyaba la cabeza en el sofá y mirando las flores, la finca o ¿qué se yo?, pasaba horas y horas pensando con los ojos perdidos en el bosque. Era un romántico.

Al fondo y detrás de un arco engalanado se divisaba la cama con un bonito dosel. Cuántas cosas podríamos contar la cama y yo de los encuentros del señor, pero eso es “top secret”. Puedo aseverar, que lo pasaba muy bien. La compañía no se quedaba atrás… porque muchas veces repetían.

Había una etapa mágica, bueno había varias, pero una en la que yo me sentía especial. Era cuando se celebraban las cacerías de otoño.

Llegaban los invitados hasta la finca en coches de alta gama, se bajaba el chófer y los recibía el mayordomo, que los acompañaba hasta el vestíbulo para indicarles, a través del servicio, cuales serían sus aposentos durante su estancia en la finca y anunciarlos al señor. Todos iban a vestirse para la ocasión.

Otros coches llegaban con los perros, que enseguida sabías que estaban, por sus nerviosos ladridos.

Los días anteriores, eran de mucha actividad.

El servicio de la casa trajinaba sin parar, para que todo estuviera en orden. Limpiaban la plata, los jarrones, las alfombras…ponían flores y hasta a mí me tocaba, más de lo habitual, para que luciera sin mácula.

Al señor ese día, lo vestían delante de mí, con mucho esmero. Él se miraba y remiraba y al final se veía tan bien que no podía menos que sonreírme. Yo orgulloso, le guiñaba un ojo y le decía: estás fenomenal, perfecto, como siempre señor…bueno no creo que me oyera, pero sí que lo intuía, porque se acercaba más y más, mirándome fijamente. Se colocaba su sombrero y se iba.

Me quedaba solo, pero contento de haber cumplido con mi trabajo de forma satisfactoria.

Por la noche, venía a vestirse para cenar. Aunque se le notaba algo cansado, siempre me miraba y se atusaba el pelo. Yo le decía: ¡bien! Y se quedaba tan contento.

Le ponían traje de gala, porque después de la cena, todos los invitados, se retiraban a la biblioteca o al salón de baile. Eso sí que era bonito, tuve la ocasión de vivirlo, cuando estuve allí destinado, pero eso ya lo contaré otro día.

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