OTRA VEZ SERÁ

 No pudo ser

Nos vimos en un bar. Tú estabas en la barra con un grupo de amigos comunes; yo entré, alguien me llamó y me uní a la reunión; nos presentaron, y aunque nos conocíamos de vista, nunca habíamos hablado, pero sí coincidido en otros lugares. Ya sabes, como la ciudad es pequeña, es fácil conocerse cuando se frecuentan los mismos ambientes.

Allí hablamos de un montón de cosas corrientes y hasta vanales, reímos ocurrencias y notábamos aire de congeniar en determinadas cosas, nos llegamos a mirar con fijeza, casi me sorprendí en el descubrimiento  personal. Bueno… te ofreciste a acompañarme, con el pretexto de estar en una noche muy agradable, con buena temperatura y que se nos ofrecía hermosa para pasear hasta casa, entendías que vivíamos por la misma zona.

No me extrañó, lo intuía y lo deseaba. La conversación contigo, resultaba amena, parecías una persona alegre, risueña, positiva. ¿Por qué no iba a aceptar? Asentí y nos fuimos paseando despacio,no  era tarde todavía y podíamos disfrutar de un agradable espacio de compañía, abundar en nuestras conversaciones un poco más. Eran de interés considerado.

El paseo se nos hizo corto, desde luego a mí. Tomamos un final refresco en una terraza. Todo resultaba ejemplar y tu compañía especialmente gratificante, amena. Y eso, claro, me adelantaba o denotaba una delicada señal. Ante la puerta de mi casa: yo te signifiqué lo bien que lo había pasado y devertido; sin duda que me alegraba haberte conocido y quedé, ya sabes, en disposición y deseo de que pudiéramos vernos en adelante, cualquier día que pudiéramos. Fue, como recuerdas, algo justamente correspondido, y con palabras y miradas bien gentiles. En fin nos despedimos con un pequeño beso amigo; no dejaría de ser el primer beso de una serie de ellos, con el correr de unos días adelante.

 Y es que volvimos a salir y tan contentos. Solíamos quedar a menudo, cuando era posible para ambos; de hecho nos reunimos con una natural frecuencia; así nos atendimos por espacio de un tiempo que yo entendería de lo más normal y afectuoso. Te reconozco, es verdad, que cada día era mejor que el anterior. Nos complementábamos, empezábamos a sentir algo más que una amistad inicial.

Hubo días en que fuimos al cine, o que nos daba por asistir a aquella cuidada discoteca en donde el bailar no nos resultaba muy agradable y festivo para relacionarnos. No todo era cosa de lugares cerrados, que los paseos al aire libre no nos fueron olvidados. Otros días, como es natural, quedábamos con amigos para salir a cenar, rematando la noche con bonitas tertulias. A los dos nos gustaba mucho hablar de cualquier tema. Hablábamos horas y horas…

Pero algo ocurrió un concreto día, hace nada: fue relevante para nosotros. ¿Lo recuerdas, verdad? Seguro que lo entiendes a perfección, porque te puedo contar unos minutos de nuestra conversación a texto pelado. Verás: una tarde, bailando, me dijiste como si nada y de repente:

    “- Tengo hijos y pareja estable. Entiendo, me parece de ley, que debo decírtelo. Y es que…

     – ¡Qué golpe! No puede ser verdad. (Y te señalo ahora que te lo dije incrédula, en el asalto de no sé qué desasosiego…  y casi ya intentando discernir un malogrado intento de broma, pero en la idea del humor fallido. Pero ya sigo con escrupulosidad).

     – Bueno, lo siento: es verdad, la verdad a secas. Entiendo que me importaba hacerla relevante ante ti. Las cosas me han llevado a ganar un terreno no previsto, no contaba con que al final, tú y tu personalidad… En fin, es la verdad. Pero, a fin de cuentas, eso, hoy,¿qué importa?

    .- ¡Oh… es un modo personal de ver la cuestión, demasiado personal!… Puedes tener tus razones… Es toda una sorpresa; nada, presagiaba esta situación. Está todo alterado, pero terminemos de bailar tranquilamente.”

Hubo la alteración que introduce el silencio, el acto de pensar y reflexionar que se apoderaría de mí. Pronto me dejé acompañar hasta casa, hasta la puerta. Y llegada la noche, forzosamente me asaltó casi sin descanso el cálculo y  valoración de lo acontecido, con una sensación de culpabilidad. Era vaga, pero no exenta de culpabilidad y de vacío presente. Es cierto que entre tú y yo no había habido promesas, no había compromiso de nada. Hubo, si acaso, o más propiamente, eso sí, ocultación de la verdad. Tú habías omitido una condición esencial de tu vida, no sé si voluntaria o involuntariamente: justo la que necesariamente  a mí me hacía sentir mal; porque estafada me sentía en mi buena fe. ¿Por qué hacer daño, me preguntaba, a terceras personas inocentes? Me pareció, y eso asumí, poder incurrir sin intención en  una irresponsabilidad imperdonable: ya casi me sentía cómplice de una infidelidad absurda, ajena totalmente a mi intención y voluntad.

Cuando nos hemos vuelto a ver de nuevo, ya lo habrás advertido te he saludado sin mayor alegría, como he mostrado silencios a tus atenciones y palabras, una frialdad antes impensable: es la razón de la nueva situación, la falta de confianza. En suma: la alegría se me ha tornado en decepción. Comprenderás que en tal situación y al respecto, no tenemos  gran cosa  de que hablar. Siento, igual es asunto de mi sensibilidad de mujer, que me has fallado. Es lamentable, pero sus efectos son insalvable. En el aire que flota entre nosotros ya se condensa una incomodidad, un peso, infranqueable, una fatal nube negra.

Advierto que ha sucedido un largo silencio, unas muecas de inteligencia acerca de algo imposible y al despedirnos, para no indagar más en lo insuperable, he acertado a decirte:

– No levantemos tragedias. Lo he pensado bien hasta ayer, pero, desde luego, no vamos a salir más. Es lo correcto.

– ¿Por qué?

– Por elemental, en mis condiciones: porque no tenemos futuro. No eres libre, luego yo tampoco y menos en inferioridad. ¿No te das cuenta?

– ¿Tú qué sabes? Todo puede llegar.

-No te pases, porque saber de esto y demás puedo saber, ya lo creo… Creo haberlo dejado, a tiempo, bien claro: Eso que puede llegar o no, es justo lo que no quiero provocar de ninguna manera. Lo dejamos, cual ocurrió hasta aquí. Para mí es mucho mejor. Es mi deso y decisión. No insistas. Mira, brindemos, por tu vida y por la mía… Te deseo que seas feliz.

Cuando lo dejé en aquel velador de decisión y derrota, el aire de la plaza me tonificó el cuerpo y los pensamientos. Me quedé conforme. Aceleré el paso al tiempo que me acomodé las solapas del abrigo contra el cuello. Hacía ciertamente fresco, o eso me pareció a mí.

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Una respuesta a OTRA VEZ SERÁ

  1. alpuymuz dijo:

    Bueno… una apretada narración; una situación más que posible y bien argumentada.
    Sí, me ha gustado.
    Saludos, por descontado.

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