VIVENCIAS II

¿Leyenda o realidad? Depende.

Siguiendo con mis vivencias de los años trancurridos en la Galicia rural, me acuerdo de una costumbre cotidiana, que me hacía disfrutar y esperaba con ilusión: era la sobremesa de después de la cena. Por la noche, a la tenue luz de una bombilla de 60 w., nos reuníamos alrededor de la lareira, los dueños de la casa dónde yo vivía, que era un matrimonio ejemplar, la joven hija y cuatro vecinos, que venían con regularidad a contar historias. Algunas se las habían contado a ellos, otras las habían vivido, y otras pertenecían a las leyendas urbanas, que suelen correr como la pólvora. Yo, asistía a la reunión con los ojos como lámparas, sin perderme detalle de nada, ante una situación tan extraordinaria para mí y tomando notas de todo. La leña ardiendo nos daba el calor, el olor y el color adecuado. No había prisa, estaba toda la noche por delante. El ambiente era confidencial.

Las historias, por sencillas tenían su misterio. Particularmente, siempre me han gustado los relatos en una atmósfera que goce de cierta intimidad, casi en penumbra, que pulule en el aire algún tipo de ocultación, con enigma, que se respire magia en el ambiente y éste lo tenía.

Uno de los vecinos que venía a la reunión, era bajito, extremadamente enjuto,  moreno, con la cara cuarteada por el sol. Las manos curtidas y huesudas, que movía teatralmente, pero con sigilo… Siempre era el que más hablaba y sabía usar la voz modulándola en distintas tonalidades: más alta, más baja, dulce, bronca…dándole al “conto” la intriga necesaria para mantener la atención de los escuchantes.

Todo giraba siempre en torno a tres temas principales: las historias de los mouros, la Santa Compaña y lo acontecido en los montes con los “pándigos”, cuando venían de madrugada de alguna romería o de visitar a la novia, y eran atracados por sorpresa .

Una de estas noches, dicho vecino, entró en la casa corriendo y asustado. Nos contó jadeante, que había estado en la cueva de los mouros; “¿qué dices?, sí, queda aquí cerca de la aldea, llevando hoy a pastar a los animales de la casa, sin buscarla, la encontré”. Se le veía turbado, muy nervioso. Lo que había visto, le llenaba de inquietud, tenía que hacer partícipe de su aventura a los vecinos de su confianza, casi no podía hablar.

Refería, que con un poco de miedo se adentró en ella, sentía como si algo le llamara y andando, descubrió galerías subterráneas que surgían a derecha e izquierda con ruidos muy raros.

También relataba, muy bajito y mirando hacia todos los lados, que en una de estas galerías, se abrió de pronto una oquedad en forma de ventana. Se asomó sigilosamente a ella, y vió un poblado de hombres y mujeres; todos estaban en sus ocupaciones. Las mujeres con larga melena rubia, vestidas con trajes de colores alegres, se movían portando cosas de un lugar a otro; los hombres de tez morena, no muy altos, pero también muy pulcros vestidos,  trabajaban. Los niños jugaban plácidamente. En la plaza se veían montones de oro, joyas, piedras preciosas, tinajas rebosantes… eran los dueños de los tesoros de Galicia, pensó.

Todo lo que se veía era oro y abundancia. De pronto contaba, se le apareció un niño, no le parecía real, tenía los ojos de un azul desvaído, casi parecía que no le miraba, y le invitó a que se fuera lo antes posible, que no le sorprendieran mirando, de lo contrario podían hasta matarle por descubrir el secreto. Si notan tu presencia, le dijo el niño, quedarás como mínimo hechizado, no podrás volver a la aldea. Casi no podía andar y un escalofrío le recorría todo su cuerpo. Cuándo pudo salió corriendo, mirando hacia atrás. Todo le parecía un sueño.

El hombre se acordó, de cómo su padre ya le contaba que los mouros, eran gente poderosísima y por lo tanto temida, que tenían poderes mágicos y los usaban con extrema crueldad; que vivían debajo de la tierra y apenas se dejaban ver, aunque salían de vez en cuando a traficar con los campesinos, recomendándoles silencio con amenazas. Nadie los conocía pero él, sin querer, los había visto.

Nos pidió qué si queríamos acompañarle en una próxima visita. Él nos guiaría. Nos encantó la idea. La tertulia de la noche acabó antes que otros días, nos despedimos hasta el día siguiente.

Yo, dormí mal, para qué negarlo. Di mil vueltas y más vueltas en mi cama, tenía ansiedad, pero al fin amaneció. Salió un día de sol radiante. Estuve en mis clases y se lo comenté a los niños. Todos sabían que existían los mouros, que se veían algunas veces, aunque nadie podía decir que los había visto. Por la tarde todos acompañamos al vecino hasta la cueva.

No estaba lejos, era como una especie de mina abandonada, entramos por las galerías, con cierta precaución, por lo menos a mí, me habían contagiado el miedo. La oquedad, había desaparecido. Esto puso en alerta e hizo estremecer al vecino, “seguro que se han dado cuenta de que los he descubierto”. ¡Mi madriña! Lo decía temblando de miedo.

Recorrimos todas las galería que encontramos, siempre mirando para atrás con mucho sigilo, oíamos ruidos que nos estremecían, pero no logramos, por esta vez, encontrar a esos seres tan especiales y misteriosos, en los que hasta yo, había querido empezar a creer. Quizá no quisieron mostrarse en ese momento. Volvimos a casa en silencio.

 Algunos siguen creyendo, porque les gusta, que los mouros están ahí. Siempre habrá este tipo de leyendas, para amenizar las noches alrededor de una hoguera o en el entorno y al calor de una chimenea encendida.

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Una respuesta a VIVENCIAS II

  1. alpuymuz dijo:

    Chula animación, por seguro que recreada…
    Verdaderamente, Galicia da para mucho, hasta para llevar tus escritos iniciarios (supongo) adelante. Me ha gustado el relato.
    Con afecto, mis saludos mejores.

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