EL DESVÁN

Parece un cuento.

Han pasado muchos años…y desde la distancia en tiempo, los recuerdos dicen que se  endulzan, no creo que éste sea el caso ¿o sí?, de cualquier manera lo voy a relatar con muchísima nostalgía.

Mi ciudad era pequeña y “mi calle” muy tranquila. Las casas eran casi todas de dos plantas, con un pequeño jardín que las rodeaba, con un pozo y lleno de flores. La verja de madera, daba calidez a la entrada. La puerta principal de la casa, se resguardaba con un porche cubierto de enredaderas, (madreselva, jazmín), que desprendían olores distintos, según la época del año. En el porche, casi todas las casas disponían de dos sillones para tomar el fresco por la noche e incluso leer por las tardes. Allí se sentaban mis padres, se estaba fenomenal.

Tenía amigas: de la calle, del cole, pero mi “amiga” se llamaba Marta. Venía a buscarme todos los días y jugábamos en la acera, a muchas cosas… pero sobre todo a los cromos.

Los cromos eran como estampitas de colores brillantes, que representaban dibujos de cuentos de la época, de muñecas, de animales…etc. Tener uno que no fuera muy usual, era un logro y una manera de presumir delante de las otras niñas.

¡Qué alegría era ganar un cromo volteándolo con la palma de la mano! También nos lo cambiábamos dos por uno, o tres, según fuera de importante o difícil de lograr.

Todos los días venía Marta, y se repetía lo mismo:

“-Ana. Me llamaba desde la verja. ¿Bajas?

Si, ahora mismo, voy a preguntarle a mi mamá, si me deja.”

 Era un día de verano y estábamos sentadas en la acera, como muchas otras veces, cuando apareció doña Luisa, con sus bolsas de la tienda. Corrimos hacia ella y le dijimos:

“- ¿Le ayudamos a llevar las bolsas hasta casa?

– No pesan pero…si me acompañais, iremos hablando y será más distraído.”

Doña Luisa, también era amiga. Tenía el pelo blanco y lo llevaba sujeto con un moño en la parte de atrás de la cabeza, tenía una sonrisa preciosa siempre amable, que atraía. Desprendía bondad, calma… amor. Era fantástica…Vista desde hoy, era una abuelita buena de cuento.

La acompañamos como muchas otras veces, pero ésta nos dijo: “¡Entrad! Os dejo jugar en el desván”. Estaba en la última planta de la casa, era abuhardillado y entraba mucho sol.

Nunca nos lo había dicho, y nos llenó de alegría, porque habíamos subido una vez con ella y era impresionante, lleno de colorido de cosas inimaginables. Era un tesoro. Estaba igual que lo habían dejado desde hacía muchos años. Tenía un desorden muy colocado, que podías ver infinidad de objetos diferentes.

Le dijimos lo mucho que se lo agradecíamos y solo nos puso una condición: qué no rompiéramos nada.

Era para nosotras tan espectacular como la cueva de Alí Babá…algo incalculable.

Había percheros con pamelas enormes de distintos colores, que nos probábamos delante de un espejo de madera torneada, vestidos largos que nos arrastraban, bordados con perlas y lentejuelas, guantes de gasa, zapatos de tacón, parecíamos niñas disfrazadas para el carnaval de Venecia.

“-Toma, ponte esto con la capa roja de terciopelo y el sombrerito azul. Mira que collar, qué careta de dama antigua”. Nos animábamos una a la otra.

Abrimos baúles que tenían libros de estampas coloristas, cajitas de música, que si las abrías, salía una bailarina moviéndose al son, uniformes de gala militar, muñecos, muñecas…grandes, pequeñas…¡uff qué gozada…! No lo podíamos creer, estábamos nerviosas y…de repente, vimos una muñequita de porcelana de carita sonrosada:

“-Tened cuidado, esa muñeca es muy especial para mí, dijo doña Luisa y continuó: Me la regaló mi marido cuando nos casamos, yo tenía veinte años y la conservo, porque muchas noches cuando los recuerdos se me agolpan y la soledad me invade, la bajo conmigo al salón y…mirándola me duermo. (Diciendo estas palabras, le resbaló una pequeña lágrima de aquellos ojos de color verde trigo combinado, que enseguida disimuló)”. Nosotras no dijimos nada.

Pensábamos que doña Luisa, siempre había sido así, pero no, también había sido niña, chica joven, señora madura… Tenía muchas fotos encima del piano, con tirabuzones, trenzas, lazos…era guapa, pero…¡tan distinta…! A nosotras nos gustaba más ahora, parecía más cercana, más nuestra.

Nuestra amiga se había quedado viuda de un hombre maravilloso, al que echaba mucho en falta. La quería y le quería. Se llevaban muy bien. Se complementaban en todo. Era su perfecta mitad, ( nos comentaba esto, con palabras simples, para que nosotras pudiéramos entenderla). Tenía dos hijos, pero estaban tan lejos…que apenas los veía. Tenían mucho trabajo y sí, la llamaban todos los días pero, verla…! Habían ido a estudiar al extranjero, se habían quedado allí trabajando y venían en contadas ocasiones, siempre que sus ocupaciones se lo permitían. Le habían propuesto irse a vivir con ellos, pero dejar su casa, con sus recuerdos… Tenía la extraña sensación de que traicionaba algo. Doña Luisa, hacía años que ya no viajaba, entonces las ausencias, se hacían más largas. Ya tenían ganas de abrazarse, nos comentaba.

Pasamos muchísimos días con ella y en su desván. La acompañamos mañanas, tardes, muchas horas; y nos contaba cuentos… adivinanzas, jugábamos a veo-veo, reía con nosotras ¡era entrañable!

Nos contaba muchas aventuras que ella había vivido con su marido e hijos. Había estado en la selva, en el desierto… nosotras la escuchábamos con la boca abierta. Para nosotras era una heroína.

Una mañana la esperamos y no apreció, y así transcurrieron semanas. No podíamos entenderlo.

Fuimos a su casa varias veces. Llamamos a su puerta y nadie contestó.

La casa de nuestra amiga parecía de chocolate y caramelo, era como una casa encantada, con buhardillas, ventanas ovaladas con visillos de encaje, lámparas antiguas, muebles acogedores muy adornados. Se veía la mano angelical de su moradora. Todo era especial.

Observamos que, las ventanas estaban cerradas, las persianas bajadas y las flores del jardín, nos pareció que miraban al suelo y hasta que lloraban. Se nos encogió el corazón.

Al preguntarle a nuestros padres, nos dijeron con cara de tristeza, que no nos preocupáramos, que doña Luisa había venido a despedirse mientras nosotras estábamos en el cole; había decidido hacer un gran viaje hasta el cielo, para reunirse con sus angelotes rubios. Sentimos incluso un poco de celos de aquellos angelotes, que a mí tanto me gustaban cuando los veía colgados en su casa, encima del marco de cada puerta.

No nos gustó mucho, pero si ella así era feliz…Seguro que se había llevado su muñeca de porcelana y no habría llorado nunca más de soledad, pensamos. Hablamos mucho tiempo de nuestra amiga, vivió entre nosotras, vigiló nuestros juegos y creo que nos guió como una preciosa hada.

Marta y yo nos hicimos mayores; nos separamos, fuimos a estudiar a otra ciudad. Formamos nuestras propias familias. Vivimos en ciudades diferentes, pero seguimos manteniendo una preciosa amistad.

Procuramos vernos con cierta asiduidad; siempre recordamos a aquella viejecita, que tanto marcó, sin quererlo, nuestras vidas y es que aún está ahí, es como un ejemplo a seguir: su bondad, su placidez, su aceptación. No sabe ella, que nos dejó tanta huella, que no se ha ido ni se irá, mientras siga viva en nuestro recuerdo.

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2 respuestas a EL DESVÁN

  1. alpuymuz dijo:

    Si te expreso que me ha gustado, quedo corto…
    Algún resorte tiene el relato como de alma en marcha pero serenamente escondida…
    Deja poso el dictado. Recreo y tristeza, entiendo.

    No puedo sino animarte por estos derroteros que intentas, que procuras…
    ¡Felicitaciones, Galsol!

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