La pianola

 Mi refugio.

Hacía varios años que habíamos heredado una casa de mí tía abuela Rebeca en las afueras de una pequeña ciudad. Un buen día mis padres decidieron irse a vivir a ella con todos nosotros. Era preciosa, adornada con pinturas que representaban imágenes femeninas en aptitudes delicadas y mucha rejería en los  balcones. Tenía un estilo modernista puro.

La casa tenía un pequeño jardín alrededor y aunque estaba  en lo que ahora se podría llamar una urbanización, no era así. No estaban las construcciones colocadas uniformemente, era una zona residencial.

Ubicada relativamente cerca de todos los lados, nosotros íbamos y veníamos al colegio en el coche de mi padre; tenía una profesión liberal, no tenía horario fijo, y le gustaba llevarnos. Puede decirse que teníamos una vida idílica, con las comodidades de la ciudad y con el gozo del campo que a mi madre tanto le gustaba. Se oía el trinar de los pájaros por la mañana y el cántico de una pequeña cascada del río que teníamos muy cerca. Parece que estoy viendo a mi madre, sentada en su hamaca, leyendo y pensando, amparada por una amplia sombrilla de luminosos colores.

Cuando llegamos a la casa, nos instalamos casi sin tocar nada, solo tuvimos que colocar nuestros objetos más personales. Mis padres ya habían estado allí disponiéndolo todo. Era una casa que a mí me parecía muy elegante. Pensé que habíamos ganado con el cambio.

Tenía muchos muebles de época, pero destacaba por encima de todos ellos una preciosa pianola, colocada muy cerca del ventanal principal del salón. A mí me llamaba muchísimo la atención, además de ser un mueble de aspecto distinguido ¡eso de que pudieras tocar melodías sin saber música….Estaba rodeada de numerosos cuadros y fotografías que hermoseaban la pared y enmarcaban el mueble. Eran recuerdos de familia, amigos y motivos de fiestas especiales; de modo que mientras tocabas, podías transportarte al momento de cada uno de ellos.

La pianola tenía su historia y por lo menos sus cien años. Se la había regalado a mi tía, su futuro marido; sabía que le hacía una gran ilusión, porque tenía un oído especial para la música y unas manos delicadas, además de ser una persona muy sensible. Siempre deleitaba a los invitados, tocando preciosas melodías cuando había alguna reunión.

La tía Rebeca, por las fotografías, se veía que era una mujer agraciada y elegante: rubia, frágil, extremadamente cuidada en su presencia física, y por sus modales muy refinada. Parecía etérea.

Un día conmemoraba su gran fiesta. Anunciaba de forma oficial su unión matrimonial, invitaron a todos los amigos y personalidades relevantes de la ciudad. Se ofrecía una cena con la actuación al final de mi tía tocando la pianola. Había elegido sus mejores galas para el evento. El jardín se llenó de elegantes señoras, de ruidosos jóvenes, de caballeros ataviados de rigurosa etiqueta. El jardín replandecía de adornos, farolillos, mesas con flores y bebidas, corrillos alegres comentando la gran fiesta. Estaban todos los invitados, esperaron, esperaron, pero el novio…no llegó.

Alarmados, y extrañados, unos amigos salieron a buscarle y volvieron demudados. Cariacontecidos, intentaron comunicar de la forma más suave posible, que no vendría. Había sufrido un penoso accidente; el coche de caballos que le traía, por algo inexplicable se salió del camino y volcándose, provocó un fatal desenlace. Nada se pudo hacer por su vida. Cuándo venía ilusionado, lleno de amor y deseoso por encontrarse con la mujer elegida…no pudo llegar.

La tía Rebeca quedó anonadada, e interiorizando su pena, tocaba su pianola  todos los días al atardecer horas y horas… y siempre la misma melodía: Claro de Luna de Beethoven. Con eso, se consolaba y se consoló para toda su vida, no abrió su corazón de nuevo al amor, porque lo tuvo siempre ocupado. Hablaba de él en presente. Vivió con y de su recuerdo hasta el final. La casa quedó sin habitar por muchos años.

Cuando se fue, se rumoreaba que al atardecer, algunos habían visto como en la casa, se encendían las luces y se oía el sonido de la pianola tocando el Claro de Luna. Eso daba al edificio un aire de misterio y perplejidad. La llegaron a llamar la casa encantada.

A nosotros nada de eso nos afectaba. Algunas veces, sí que automaticamente saltaba la pianola y con gracia decíamos: “Ya está tocando la tía Rebeca”. No lo creíamos así, pero tampoco le dábamos mayor importancia.

Mi madre y yo, desde que llegamos a la casa, tocábamos muchas tades o la encendíamos de forma automática para escuchar preciosas melodías, nos acompañaban y  le hacíamos honor a nuestra tía. Llegó a gustarme tanto, que terminé haciendo mi carrera de música en el conservatorio. Han pasado los años y hoy puedo decir con un poco de sonrojo que soy una  pianista muy aceptable y considerada.

Tengo una agenda bastante completa durante todo el año. Voy de salto en salto, por todas las ciudades europeas dando conciertos, pero en cuánto tengo unos días libres, no lo puedo evitar, vuelvo a mi casa. Yo la he heredado y me siento en mi refugio. Allí es dónde encuentro mi verdadero yo. Todas las vivencias que hacen que me encuentre con mi raíz, están allí. No podría vivir si éso me faltara. No se puede predecir, pero en mi pensamiento está el acabar mi vida como la tía Rebeca, sola, en esa casa encantada.

Al atardecer, cuando estoy en mi refugio, todos los días, enciendo  las lámparas de la casa, me siento delante de la pianola y toco, toco, toco el Claro de Luna hasta el amanecer. Elevo los ojos al cielo  y como con un brindis digo: ” Gracias tía Rebeca por tu influencia”. Cerrando los ojos imagino todas aquellas fiestas, que en aquella casa se celebraban siendo ella la protagonista, y me siento transportada y feliz. ella también lo fue con su recuerdo. Su presencia sigue conmigo sin haberla conocido, pero la siento y pienso que viéndome, sonrie y ve que su vida no fue valdía. Mereció la pena. Me alegro y sé que se alegra.

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2 respuestas a La pianola

  1. alpuymuz dijo:

    Excelente, chica: la historia queda de lo mejor. Me gusta, sí; hasta sus sueños y factura en tono de mecedora. Felicidades.
    Bicoooossss…

  2. junupros dijo:

    Verdad que apetece ese aire cálido de bienestar? Yo lo he vivido y pienso seguir viviéndolo.
    Es bonito soñar. Gacias. Un beso.

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