La carta

Se sentó en el sofá de su  habitación, con la carta apretada entre sus manos, totalmente abatida.

Abrió de nuevo la nota que traía adjunta, y volvió a leer:

“Perdone señora, pero le envío esta carta, por expreso deseo de mi padre. Me la entregó estos últimos días, con el mandato encarecido de hacérsela llegar en el momento en que él nos dejara. Ya llegó el triste  momento y siguiendo su deseo se la envío.

La dobló y seguidamente, con manos temblorosas empezó muy despacio a leer la carta de nuevo, el encabezamiento lo habían borrado y empezaba así: “cuando leas estas líneas, yo ya no estaré aquí, pero necesito decirte algo que fue para mí, muy importante. He pasado mi vida haciendo lo imposible por olvidarte, pero nunca pude dejar de quererte. Mi más ferviente deseo, durante toda mi vida fue, el que alguien te hiciera feliz para poder así alcanzar nuestros sueños. Ojalá hubiera tenido yo esa oportunidad. No pudo ser.

Viví con una persona maravillosa a la que quise, pero que jamás fui capaz de amar. No sabes cómo me culpo y como lo siento. No se lo merecía, pero la vida es así. Mi mente ha permanecido siempre a tu lado y seguirá si es posible.

Perdona,  pero quería decírtelo; quizá egoístamente sentía la necesidad de compartir algo contigo aunque sea de esta manera. ¿Lo comprendes? Gracias. Con esta despedida permíteme que te envie el gran beso con el que siempre soñé.”

Las lágrimas fluyeron a sus ojos y cerrándolos empezó a recordar…

“Había nacido en una gran hacienda, su padre era lo que se llamaba un terrateniente que poseía, además de la vivienda principal, un poblado, dónde vivía el personal trabajador.

La casa era como una gran empresa. Todos colaboraban y formaban una familia unida por los mismos objetivos: mejorar la hacienda por el bien común.

Tenían hijos y todos jugában juntos. No había diferencia entre ellos, aunque cada uno sabía cual era su sitio.

Se fueron haciendo mayores y el hijo de uno de los empleados y ella tuvieron su primer amor juvenil. No fue difícil, fue sincero, sentido, con mucha pasión. Cuando nadie les veía, se cogían de la mano, se robaban pequeños besos y dentro del sonrojo que les producía, tenían la satisfacción de sentir el revoloteo de las mariposas en su estómago, y una entrega espiritual, que les hacía felices.

Pero…se enteraron sus padres y claro eso no podía ser ¡horror! y decidieron que ella debía de ir a estudiar lejos, por lo menos a Inglaterra, así se alejaría por un tiempo y los caprichos de la niña quedarían olvidados. Era lo mejor. La despedida fue muy triste y ardiente, llena de promesas, amor eterno. No había otro mundo nada más que el suyo. Abrazados ¡cuánto lloraron!, pero la distancia, el distinto ambiente, otra clase de vida social, se confabularon en contra de ese amor que ella poco a poco, olvidó.

Cuando terminó los estudios regresó, y sus padres se habían trasladado a vivir a la ciudad y no volvieron a verse. Ella no sentía la necesidad, había crecido en otro sentido. Coincidir con él era difícil, no frecuentaban ningún espacio común, por razones obvias, y la vida continúo separándoles.

En las reuniones y fiestas en que acudía, conoció a un hombre honrado, serio, correcto, educado y algo mayor que ella, empezaron a salir y resultaba agradable para los dos. Un día de común acuerdo, pidió la mano a sus padres y formalizando su relación, se casaron.

Su vida fue protocolaria, tenían habitaciones y salones separados y se veían en horas puntuales. Por las mañanas se saludaban  con un:

-Buenos dias querida! ¿has descansado bien?

-Sí, sí muchas gracias, ¿qué te apetece desayunar?

-Que me sirvan un café ¡ah! por cierto, hoy no me esperes para comer, tengo trabajo, besa a los niños de mi parte.

Se despedían con un beso en la mejilla y esa era su vida cotidiana a no ser los veraneos en Zarauz o la asistencia a conciertos o reuniones con amigos.

No había chispa, no había cercanía, no había complicidad ni entrega, Era un matrimonio “conveniente”. Sus vidas eran como dos cajas de cristal opaco en dónde cada uno tenía su rol, que nada le importaba al otro. Cuántas veces había envidiado otras vidas, quizá más vulgares, pero más auténticas.

Por eso esta carta le decía lo que, desde hacía mucho tiempo ya, tenía olvidado. Eso le hizo vibrar, sentirse nueva, sentirse viva. Llegó a la conclusión de que toda su vida, no había sido valdía. Había sido capaz de despertar ese amor limpio y verdadero. Alguien la había necesitado y querido en la distancia, durante toda su vida. Se despreció y se apenó por su ceguera, ni siquiera lo había intuído. Desde su altura ficticia, ni siquiera se había parado a repararlo

Lloró, lloró hasta desahogarse, pero en el fondo descubrió como un brote de felicidad por ese amor oculto , que tanto la había querido a cambio de nada y se sintió un poco más útil y esperanzada. La carta le proporcionó un grato alimento espiritual y acariciando el recuerdo empezo a vivir una nueva vida con su secreto.

 

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2 respuestas a La carta

  1. alfredo dijo:

    relatocuento o docufaz… en suceso y resultado.
    Buen aire el de este triste asunto; es humano. Tiene alcance.
    Me ha gustado. Un gran saludo.

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