El tren y mi niñez

El tren para mi equivale a un talismán, es el fetiche que vivió conmigo muchos años de mi vida. Era precioso, por la noche, cuando estabas dormida y sentías su compañía pasando cerca de la casa. Ni siquiera te despertaba el sonido de su pitar, sí, lo oías y te daba confort, seguridad, formaba parte de tu existencia. Si no pasaba cuando tú lo esperabas, incluso llegabas a desvelarte.

Por eso hoy quiero recordar mis viajes en tren, quiero hacer un homenaje a esos momentos, que como muchos otros, suenan un poco a la época de la Reconquista, pero, están ahí, no ha pasado tanto tiempo ¿o sí?. La verdad, es que el tiempo vuela y si te paras a pensar, te meces sin querer en la nostalgía más profunda.

Era el medio de trasporte que se utilizaba en mi familia. Hacíamos viajes muy largos. No, no, no eran largos, eran de muchas horas. Eternos, pero maravillosos. En aquella época no se tenía prisa, viajabas y disfrutabas de lo que estabas haciendo. Pensabas: estamos viajando, queremos hacerlo. Ahora no, vas corriendo para llegar enseguida y darte la vuelta. No se disfruta nada más que de lo siguiente. Todo un estrés.

Primero, días antes se empezaban a hacer las maletas, ¿qué llevaré?, ¿qué no llevaré?, le oía decir a mi madre, pero enseguida organizaba las tres maletas. Una era de mis padres, otra nuestra, éramos sus hijas y otra de cosas varias y ropa interior.

Entonces, llegaba el día. Madrugábamos, porque todavía hoy no me explico, el por qué los trenes pasaban tan temprano. Íbamos a la estación con gran ilusión. A mí me llevaban de la mano medio dormida; cuando llegábamos al andén buscábamos el vagón con el destino, para eso mi padre era un experto, y mirábamos un departamento que estuviera vacio. Aún hoy recuerdo el olor especial que desprendía la tapicería.

La cavida era para seis personas. Nosotros éramos cinco, por lo que casi era durante todo el trayecto, nuestra casa particular.

En ese tiempo en los trenes, no había restaurante, se llevaba la comida. Eso era todo un rito. Llegada la hora, se sacaba la cestita con distintos compartimentos en dónde mi madre, había depositado las viandas. Hasta chocolate y galletas llevaba…, tortillas francesas, filetes empanados, pan, pero qué pan, mucho más rico que el comíamos en casa. Nos daba a cada uno su ración y aquello para mí era una fiesta maravillosa.

Cada cierto tiempo el tren paraba en las estaciones. Subían y bajaban los viajeros y a mí me llamaba  poderosamente la atención, que un señor con un martillo enorme, golpeaba una por una las ruedas del vagón.

-Papá ¿por qué golpea las ruedas?

Y mi padre, que tenía mucho sentido del humor, nos decía: ” cuando se inaguró el ferrocarril, pusieron un vagón con una rueda de oro y éste la anda buscando”. Yo que era muy pequeña, me lo creía, los demás se reían. También había señores con cestos ofreciendo agua, gaseosa, pipas caramelos…etc. Mi padre siempre compraba algo.

Pasaban por delante de tus ojos paisajes, arboledas, ríos, rebaños de ovejas blancas y negras, pueblos, iglesias. Todo era novedoso, bucólico y entrañable.

Mi madre, miraba el paisaje y de vez en cuando hablaba algo. Siempre me llevaba cogida en su regazo al lado de la ventana, para que viera mejor y me mostraba detalles, que a lo mejor a mí, me pasaban desapercibidos.

Mi padre leía, leía todo el camino y mis hermanas cotilleaban de sus cosas. Yo llevaba siempre conmigo abrazado, mi osito de peluche de color marrón oscuro, que desde que me lo habían traído los reyes, jamás lo abandonaba.

Chaca-cha, chaca-cha… corría por tierras de Castilla, como un dragón articulado. Por tierras zamoranas, cuando salía de un tunel decían: ¡cuidado que viene boca negra! Máquinas ya para el recuerdo, funcionando con carbón y desprendiendo un humo característico a su paso, ya sólo se pueden ver parecidas, en las películas del oeste … pasaban las horas y llegaba la noche.

Entonces era otro momento mágico. Sacaba mi madre unas pequeñas mantitas de cuadros, que llevaba recogidas en forma de canuto con una correa, se estiraban los asientos y casi, casi se convertían en camas. Yo me dormía con la tranquilidad que da, el estar rodeada en un compartimento tan pequeño, con toda la familia. En silencio todos dormitaban, hasta que empezaba a amanecer. Entonces era el momento de desperezarse; te lavaban, te peinaban con colonia y ahora a esperar la llegada al destino.

La animación se notaba en todo tren. Por el pasillo, se veían personas que pasaban con su toalla al aseo y volvían todas repeinadas. Otras se colocaban las chaquetas. Ya todo el mundo en situación de llegada.

Aminoraba la marcha el tren y empezaban a verse las casas, las luces de la ciudad, y bajando la ventanilla, mirabas a ver si había venido algún familiar a recibirte y…sí, siempre había alguien saludando con la mano, dando la señal de que te habían visto. Besos, abrazos, caricias, muestras de alegría.

¡Qué guapa estás! ¡Qué altas las niñas! ¡Cómo me gusta veros!¡Estábamos ansiosos de abrazaros!. Todo de lo mejor y así nos encaminabamos para casa.

Por eso, ahora cuando paso por alguna ciudad, siempre mis ojos buscan la estación, el tren, los andenes, los railes, la marquesina y se me agolpan todos los recuerdos. En silencio, rememoro aquella felicidad tan sencilla, que ya es irrecuperable e inevitablemente me invade una triste melancolía.

 

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2 respuestas a El tren y mi niñez

  1. alpuymuz dijo:

    El tren… es una imagen de esas especiales intruducidas en las pupilas de muchísimas personas, y por ella, en los recuedos y sentimientos. Imágenes para vivir en nosotros con viveza inmarchitable.
    Y ya sé cúantas de elas en tí, sin borrado posible y gustoso. Me ha gustado.
    Y por algunas vías pasadas me ha llevado la locomotora en vigor de tus letras.
    Felicidades, por todo. Abrazos.

  2. junupros dijo:

    Hay imágenes que es verdad que son inmarchitables. Veo por tu comentario que has comprendido mi sentimiento. Me complace y te doy las gracias. Un beso.

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