Aquellas plañideras…

 

Cogí el tren a las nueve de la mañana, para dirigirme a la parada siguiente. Es lo que hacía todos los lunes; llegaba al pequeño pueblecillo que solo tenía la vía del tren y una hilera de casas todo a lo largo; bueno también tenía justo enfrente del edificio de la estación una casita con algunas flores, rodeada de una huerta siempre plantada con patatas, lechugas, tomates y couceiros, que son coles de tallo alto. La berza gallega que tanto llama la atención a los turistas, porque van quedando como pequeños arbolitos, según le van quitando las hojas bajeras para alimento de los animales. En el invierno, tienen una bonita semilla en forma de flores amarillas, que decoran a los campos con un fino maquillaje.

Esa era la casa del taxista. Me subía a tres Km. para poder llegar a la escuela dónde estaba destinada. Digo me subía, cuando debía decir me subían, porque eran dos hermanos solteros, que se turnaban según el trabajo que tuvieran. Aunque los lunes nunca me “molaron”, al verlos, como estaban sanotes y de buena edad, me alegraban un poco la mañana. 

Tenían un seat 1500 azul cielo, que era todo un espectáculo por aquella carretera de tierra dando tumbos. Al subirme al taxi, lo primero que me asaltaba era pensar en la llave. ¡diós!, otra vez me la había olvidado. Las llaves y yo nunca tuvimos filing. Tendría que encaramar a alguién por la ventana del servicio, para que cogiera otras que tenía en la mesa de la clase. Bueno por lo menos algo previsora era. 

Llegamos al final del camino y nos despedimos hasta el viernes.

– A las cinco y media como siempre?

-Sí, sí, como siempre, no me faltes.

Hice los doscientos metros que me quedaban hasta la escuela, saludando a todo el  mundo que me encontraba. Para ellos los lunes era una novedad verme y para mi un cambio total de vida.

-Hola, me estaban esperando los alumnos cuando llegué. ¡Qué alegría ya estamos juntos otra vez toda la semana! Ahora veré si os habeis portado bien. Ellos se reían. Bueno, bueno…

Teníamos muy buena relación, porque yo les consultaba, les hacía sentirse importantes, y les hacía mucho caso en sus cosas. Era asequible. Siempre me gustó ser muy cercana y ellos lo agradecían de igual modo. Algunas veces hasta me protegían y me daban consejos. Yo también lo agradecía.

La escuela estaba en una pequeña placita, era de planta baja y rodeada de un puñado de casas, seis o siete… el resto del pueblo estaba más disperso, aunque todo cercano. No había muchos vecinos y casi todos eran parientes.

 Una vez abierta la puerta, nos dispusimos a trabajar. En ello estábamos, cuando a eso de las doce de la mañana, nos aporreó el cristal de la ventana la vecina de la casa más próxima diciendo:

-Venga señorita, la madrina se está muriendo y no está el señor cura. ¡Acúdanos!

Me quedé lívida. ¡Qué tengo que hacer yo?, pregunté, y me dijeron que debía de leerle en voz alta las oraciones de los difuntos. ¡Puaf!, vaya susto el mío, pero había que dar la cara. Me dieron un catecismo con las oraciones marcadas que debía de leer. Ellos lo sabían. ¡Job! Por eso hablaba antes, que los lunes eran algo gafes para mí.

Me armé de valor y allí me fuí. Me metieron en una habitación lúgubre con una anciana moribunda, en una cama toda revuelta. Tenía un moño blanco medio despeinado y era sumamente delgada. La señora estaba vestida de negro, en plena agonía, con los últimos estertores y entre los llantos de la familia hice lo que pude y al final…se acabó. Me hicieron presenciar la mortaja lavándola primero y vistiéndola después. La impregnaron con un frasco entero de agua de Lavanda. Jamás pude volver a oler esa colonia. Quedé vacunada de por vida y traumatizada por meses.

Aquella noche, la pasé, sentada frente a la ventana abierta, respirando el aire puro que me daba en la cara, con la intención de quitarme el olor a Lavanda que se me había impregnado en el cerebro, pero me fue imposible conciliar el sueño. La casa estaba en absoluto silencio, los dueños estaban en el velatorio de la difunta, por lo que para mí era más dificíl evadirme del problema.

 Llegó el día siguiente y tuve la gran sorpresa: por primera y última vez en un entierro ví a las plañideras. Yo había leído alguna vez, que este tipo de personajes, (aparte de que venga de la antigüedad), habían tenido tradición en nuestros ritos funerarios hacía mucho tiempo, pero que incluso, habían llegado a suprimirse porque entorpecían los oficios con sus lamentos y manifestaciones. Poco a poco había ido cayendo en desuso, pero aquí por lo visto aún no.

Todo el pueblo estaba esperando en la puerta de la casa mortuoria a que saliera el féretro y el cortejo familiar. Justo detrás de la caja iban las dos sobrinas, acompañadas por cuatro plañideras llorando a gritos en señal de duelo. Vestidas de negro, la melena suelta, tapada con gasas negras en forma de velo hasta la cintura, exaltaban las bondades de la madrina y la pena en la que ellas quedaban sumidas, mesándose los cabellos..

Me enteré que la economía familiar en los entierros, se medía según la cantidad de curas y plañideras que llevaban. Aquí llamadas choronas. Mujeres que cobraban por llorar, era su profesión, amenizando, si se puede decir, la ceremonia fúnebre.

-¡No nos dejes, no te vayas, qué vamos a hacer sin tí, vuelve!, gritaban. Se agarraban al féretro, que casi no lo dejaban avanzar, se ponía de rodillas con los brazos en forma de plegaria implorando consuelo. Ponía los pelos de punta al que como yo, éso lo veía por primera vez.  

Llegamos a la iglesia y al inhumar a la señora, volvimos para casa, aparentemente tranquilos, ya se había cumplido con lo estipulado. Yo  impresionada y con una experiencia que no he podido olvidar.

Creo que ya se ha perdido esta tradición totalmente. No estoy hablando de hace muchos años, debió de ser el último reducto. Me alegra, porque desde mi punto de vista, era una manifestación para estos tiempos un tanto macabra…

 

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2 respuestas a Aquellas plañideras…

  1. alpuymuz dijo:

    Total, mi gran Junupros, nada… Toda una reelaboración salpimentada de humor, de algo que hubo de tener su cuerpo. Mortal, por supuesto. Entiendo que eludiste el ágape.
    Yo he conocido de eso, uff… cuando a poco de llegar aquí, en As Neves, en la raya del Miño cuando entiende de la Galicia y del Portugal profundos. Ya me llamó la atenció, ya llovió…
    Tus pasos no iban por los senderos de los monseñores ni de los sacristanes.. ¡de lo mejor!
    En fin, me ha encantado. No es un simple decir, ya lo sabes.
    Un gran abrazo.

  2. junupros dijo:

    No quise entrar en más detalles, pero haber los había. Outro día, deixa que xa…Un bico

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