La niña de la estación.

Nadie sabía cómo ni porqué, había llegado con su madre a esta villa gallega de aguas termales y medicinales. De repente, se había integrado en el paisaje, aunque nadie hablaba con ella más que un ” buenos días o “buenas tardes” a su paso.

En verano la villa duplicaba la población, venía muchas personas de Madrid y de las provincias límítrofes. Había dos balnearios, muchos hoteles, algunas pensiones y los vecinos alquilaban también habitaciones. Era una ayuda económica importante para pasar el invierno con más holgura. A alquilar habitaciones creo que se dedicaban en aquella casa, aunque casi nadie lo sabía, lo llevaban con silencio vergonzante. No lo veían como de “su clase social”.

El pueblo en verano bullía de alegría. Se llenaba de gente joven que acompañaban a  sus padres a pasar el verano en numerosos chalets y se conocían de un año para el siguiente. Siempre había fiestas en los hoteles, a las que acudían personas jóvenes, mayores y menos jóvenes. Ella no.

Era una mujer de unos cincuenta años, delgada con el pelo negro, en melena, peinado al estilo de los años cuarenta, marcado de ondas. La cara empolvada de blanco ¿polvos de arroz se llamaban?, remarcaban más sus finos labios pintados en rojo púrpura. Su atuendo iba a juego también. Llevaba casi siempre trajes de dos piezas sobrios, con la chaqueta remarcando la cintura y falda tubo, las medias de costura por detrás de la pierna, colocadas de forma impecable. Siempre unos finísimos tacones de alfiler, que a veces pisaba insegura balanceándose. Era una mujer frágil, elegante, pero demodé, vintage que diríamos hoy, extraña para la época.

Bajaba todos los días desde su casa a la estación del tren, siempre a la hora en que pasaba el exprex con destino a Madrid y tenía un vagón con servicio de correos. Llevaba entre sus manos enguantadas una carta, que depositaba en el buzón. El encargado de la correspondencia sonreía al verla y le hacía una pequeña reverencia en señal de saludo. Ella correspondía con una media sonrisa, para agradecerselo. Así un día, otro día, en verano con calor y en invierno algunas veces aterida de frio, siempre esperaba y esperaba la llegada. Su pasión era echar esa carta, que por lo visto nunca tenía contestación.

Los viajeros, se asomaban a la ventanilla, mirándola serios a su paso. Era como una estampa de otros tiempos.

Se decía que era viuda y no lo había asumido. Se supo que procedían de Játiva. Su madre, que era una señora de edad avanzada y su familiar más cercano, quiso alejarla de aquel ambiente gris, por eso decían que se habían venido a tierras tan lejanas, aunque nadie a ciencia cierta lo sabía. Pero lo que si se comentaba por el pueblo era que sus cartas no recibían contestación, no llegaban a su destinatario, no había destinatario.

 En el pueblo empezaron a llamarle, rememorando la canción de una folklórica famosa de la época que ella representaba ” la niña de la estación”…

 Un día la madre enfermó y ocurrió lo inevitable. Ella se quedó sola. Vinieron unos parientes al enterarse a través de los servicios sociales de la situación precaria en que se encontraba, y arreglaron la forma de llevársela a una residencia para personas con la mente un poco distraída.

Pasó el tiempo y en la villa todo seguía transcurriendo con normalidad. Al cabo de aproximadamente unos cinco años, apareció otra vez por el pueblo, pero ya de muy distinta manera. Venía acompañada de un señor aparentemente de su misma edad. Se habían conocido en la residencia, habían compartido secretos, debilidades, temores, vida…  cuando les dieron de alta decidieron rehacer sus vida, compartiéndola.

Ya vestía y se arreglaba dentro de los cánones de la época. Cogida del brazo de su compañero, participaba con alegría de la vida del pueblo. Todo el mundo la aceptó y ella se sentía feliz e integrada. Ya nadie ni ella misma se acordaba de ” la  niña de la estación”.

 

 

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2 respuestas a La niña de la estación.

  1. alpuymuz dijo:

    Estación del ferrocarril de una villa termal apartada; una estafeta postal, una señora demodé con su misterio y su ensimismamiento, cartas de ida sin vuelta ni contestación… ¡Ay de la pena negra!
    El recreo en la estampa narrada… Termina bien, pues vale, Fenomenal.
    Mi cordialidad segura.

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