El faro de Mera

Cogió su coche y como muchos otros días se dirigió al faro de siempre para pasar la tarde. Aparcó el coche delante del edificio; por un senderito, rodeo el “roteiro” y se fue buscando un lugar, que le permitiera  ver todo el mar y oír el ruido de las olas golpeando con fuerza las rocas. Hacía buena temperatura, el agua estaba transparente de color azul-verdoso intenso, no pudo por menos que estar un buen espacio de tiempo observándola. Dejó su mente en blanco llenándose de sensaciones reconfortantes, ¡siempre tiene que haber un lugar para soñar !

No era un sitio solitario, de vez en cuando aparecían algunas parejas, padres con hijos o amigas que venían de excursión para apreciar la belleza natural,  que de forma gratuita les regalaba la naturaleza.

Enfrente se veían los edificios de la ciudad y a derecha e izquierda playas, montes y pueblecillos marineros llenos de encanto.

Se puso a leer tranquilamente, mirando de vez en cuando el paisaje y se dió cuenta, que en aquel gran anfiteatro natural había entrado un nuevo protagonista. Era un hombre todavía joven, con camisa y pantalones vaqueros y una máquina fotográfica colgada del cuello; plasmaba todo lo que se “movía”.

Lentamente se acercó a ella, ¿eres de aquí?

-Sí, veo que te gusta el descubrimiento ¿no?

– Como no soy de puerto de mar, este paisaje me entusiasma. ¿Podrías indicarme qué es lo que se ve alrededor? Es grandioso.

– Bueno, para mí sí lo es, pero espera que te acompaño a una mesa informativa que hay un poquito más abajo, y lo apreciarás con mayor precisión.

Fueron hablando de diferentes temas vanales, y entre ellos, le comentó que acababa de llegar a la ciudad y que se quedaría unos meses, por motivos de trabajo.

Cuando ya caía la tarde, después de hablar y hablar, andando se encaminaron hasta dónde tenían los coches aparcados. Para los dos había resultado un encuentro agradable. Para él era la primera persona que conocía desde su llegada, y a ella le gustaba hacer de cicerone.

– Yo creo que ésto, se merece un café, por lo menos…

– Bien, te llevaré a una cafetería que te va a gustar.

-Me dejo guiar.

– Creo que puedes hacerlo, estás en buenas manos.

Efectivamente, el sitio era como un balcón al mar dónde se podía apreciar la lengua de tierra que separa la ría de Betanzos de la bahía de La Coruña, en medio el Castillo de Santa Cruz, mostraba su belleza todo ufano en su isla. Le gustó, como no podía ser de otra manera. Al despedirse se intercambiaron los móviles y lo habían pasado tan bien juntos, que quedaron en llamarse algún que otro día.

El “algún que otro día”, fué al día siguiente, empezando una entrañable amistad. Con el paso de los días, notaban que estaban traspasando la “línea roja” y que además les gustaba. Empezaron demostraciones más que amistosas y pasaron a mantener una relación sentimental, sin apenas darse cuenta.

En sus conversaciones, no hablaban de nada anterior al día que se habían conocido. Vivían el presente, haciendo referencia como mucho, a aquella tarde soleada y cálida cerca del mar…

Una tarde del mes de octubre, gris y lluviosa, él la llamó y le dijo: ¿Por qué no nos vemos en el faro?. Le encontró con una voz ronca, casi opaca, diferente.

Ella estuvo de acuerdo. Se puso su chubasquero de peregrino, sus botas de goma verdes y allí estaba a la hora convenida.

-Tenemos que hablar, le susurró, cogiéndola de la mano y mirándola muy seriamente a los ojos.

-Creo que sí, le dijo ella dándole un beso en los labios, mientras se mojaban bajo la lluvia.

No hacía frío y con un paraguas pasearon, haciendo cómplice al faro de sus palabras.

-Me han llamado de la empresa. Mi tiempo aquí se ha acabado, y antes de irme quiero decirte que en mi ciudad me esperan.

No habíamos hablado nada de ésto, porque estábamos vivendo una fantasía tan bonita, que no tuve fuerzas para decírtelo antes. Lo pensé muchos días, pero temía hacerte daño. Perdona, pero…mi vida real está allí, y además es la que quiero. Lo nuestro ha sido una preciosa quimera, irrepetible, pero con caducidad. Siento mucho tú perdida.

Ella muy seria, le escuchó, le cogió del brazo, en señal de comprensión, y apoyó la cabeza en su hombro. Anduvieron en silencio unos momentos, comunicándose con el roce de sus cuerpos, transmitiéndose cercanía.

-Yo también , debía de haberte hablado. Me encontraste el día que nos conocimos al lado del mar. Es la forma que tengo de estar más cerca de la persona con la que comparto mi vida desde hace años, mis ilusiones, mi esperanza de futuro. Es marino mercante y tiene campañas de cinco meses. Mirando al mar le presiento cerca, me acompaña en su ausencia y se me hace la espera más corta.

Tuve una debilidad contigo. Te miro y veo que fuiste para mí, una luz en un momento de niebla, era fácil quererte y también siento dolor por perderte, pero tengo un gran remordimiento por el engaño  infligido a una tercera persona, que está agena a nuestros manejos. ¿Cómo decírselo? No encuentro modo pero, ¿ cómo no decirselo?. Imposible.

 – Yo tengo el mismo problema, pero fue un impulso al conocerte que no pude reprimir. Tampoco ha pasado nada serio, ni irreparable entre nosotros. Ha sido como un amor juvenil, sin consecuencias, fuera de tiempo, pero real. Para mí, siempre serás aquella chica del faro de Mera, que no podré olvidar.

– Me encanta cómo lo dices.

Se fundieron en un fuerte abrazo de despedida. Se encaminaron cogidos de la mano, hacia los coches. Al llegar no podían soltarse. Por fin se metieron cada uno en el suyo, seguía lloviendo. Permanecieron algunos minutos mirándose a los ojos, la fuerza, la intensidad, lo decían todo, las palabras habrían disvituado la tensión del momento. Arrancaron ya sin mirarse, tomando direcciones divergentes, como su misma vida.

 

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6 respuestas a El faro de Mera

  1. brujjilla dijo:

    No imaginas………….. A Coruña, una historia de amor………. algo fugaz…………nada irreparable…., algo hermoso. Me he emocionado. Gracias

    • junupros dijo:

      Me alegra el que te haya emocionado la historia y te doy las gracias por tu comentario.
      La Coruña, ¿qué te voy a decir?, que además de bonita es meiga y te atrapa, dejándote llena de morriña e saudade cuando te alejas. Eso se arregla volviendo. Un abrazo.

  2. alpuymuz dijo:

    Un buen apaño entre el medio y las personas, entre un lugar capacitado y un suceso; un suceso, de amor con término de capacidad rápido. Historia truncada…El medio propicia lo embriagador… Hay soledad y amplitud psicológica; envuelve hasta los topónimos: puntal, rutero, y hasta de niebla… ¡Ah, las neblinas… en cada cual!…

    Ha quedado, J.P., bien el escrito y su destino… El lugar real es fantático, acaso la mejor vista lejana sobre La Coruña, su bahía y costas inmediatas. Las condiciones y hora del día la pueden rodear de pelegrina fortuna.
    Me ha gustado, Mi mejor recuerdo. Besos…

    • junupros dijo:

      Las neblinas, las lluvias…todo habitual. No se puede hablar de esta tierra, sin hacer alguna mención a su estado natural.
      Te agradezco el comentario, siempre me ensalzas el relato e incluso me lo amplias, para mejor. Gracias e un biquiño inda que sexa pequeniño.

  3. junupros dijo:

    Gracias, gracias, gracias, de verdad, inda que sexa no vento (como dis tí). Un abrazo

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