La calma

Ella suspiraba profundamente mientras se balanceaba en su vieja hamaca en el porche de su vieja casa. Con los ojos cerrados, rememoraba algunos de los momentos vividos, esos recuerdos, que por una extraña razón vuelven y vuelven, una y otra vez a la memoria.

Quizá no sean los más importantes de toda una vida, pero si deben de ser los que más  han marcado, o los que caprichosamente persiguen y hacen que ella se regodee en ellos, haciéndolos cada vez más presentes y cercanos.

Es sol otoñal, ya había salido de su escondite, impregnando el ambiente de una tonalidad apacible, lanzaba sin querer sobre las últimas flores del verano, esquirlas de oro. Ella suspiraba.

Pasaban por sus ojos, como si de una película de video se tratara, imágenes escogidas por su recuerdo desde su tierna infancia. Como aquella, que cogida de la mano de su padre corrían por la feria de su ciudad para ver los gigantes y cabezudos, ¡qué ilusión la de su padre, para que la niña no se perdiera aquello!. El como su madre la vestía y peinaba todas las mañanas, para inmediatamente colocarle aquel sombrero azul marino, que completaba el uniforme del colegio junto con el cabás de cartón, dándole el beso de despedida.

Seguían pasando y pasando, las imágenes de aquellas pequeñas fiestas ya en plena juventud, que organizaban al caer la tarde, en cualquier lugar del pueblo dónde veraneaba, bailando con amigos, al son de un vetusto tocadiscos. Bailaban la canción de Adamo que imperaba en la época, ¿mis manos en tu cintura, se llamaba?. Ella aún la tararea, se sonrie… la vive de nuevo. Los maravillosos veinte años cargados de ilusiones.

Las clases, los estudios, los paseos por la alameda para ver a aquel chico que tanto le gustaba, los tristes suspensos, los alegres aprobados, los cafés. Qué cerca y qué lejos nota ya todo…

De pronto aparece su imagen de mujer, ya pausada, tranquila, hecha, que mirando hacía atrás, ve una larga carretera ya andada, el pasado, con diversos oteros verdes y mesetas de tierra arcillosa y un largo trecho todavía por recorrer, el futuro, con montes llenos de árboles, más o menos elevados, prados… poco a poco confía con la esperanza de mujer vivida, que irá salvando.

Transcurren por su mente su boda, la primera comunión de sus hijos, el viejo desván, dónde también se apilan sus recuerdos, sus viajes, los lugares románticos cargados de promesas, ¿cumplidas?, algunas sí, no puede quejarse, sus queridos perros…

Y ahora, ya pasados algunos años más, ve el flash de una mujer sosegada, con su pamela y su cesto cuidando y cortando sus rosas, regando sus geránios,  acompañada de su pareja, esperando placidamente la visita de algún ser querido,o amigo, viviendo y disfrutando el día a día, sin prisas, saboreando las horas y en plena calma, con infinita ternura, ella… suspira.

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2 respuestas a La calma

  1. alpuymuz dijo:

    La eterna rueda del tiempo existencial: desde el sombrerito azul marino, imagino que de terciopelo, a la pamela que difumina al suspiro, acaso en preludio de otros por llegar… Pero lo importante: la mujer hecha, la mujer en calma y en la infinita ternura; el casi ser supremo de la mujer eterna
    Sinceramente: me ha gustado ese tine suelto y ligero en tono de pigmento dorado.
    Bonita dalia, y me la tomo como regalo. Un gran saludo.

    • junupros dijo:

      Sí, era de terciopelo y con una cinta también de terciopelo que hacía de barbuquejo. Muchas gracias por venir y sí que le quise dar un tono dorado. Has acertado. Un abrazo y feliz domingo.

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