Las hojas caídas

Andaba con pasos perdidos, un poco por impulso, tenía, debía de hacerlo. Como todos los días se encaminó a cubrir las horas de la tarde, le habían recomendado que saliera, que se distrajera, cualquier cosa menos quedarse en casa rumiando sus recuerdos y así lo hacía.

Miró su bolso y encontró el libro que casi nunca abría y comprobó el móvil por si había la llamada. No, como siempre últimamente estaba vacío, sin la llamada.

Se encaminó cuando ordenó sus ideas a la dehesa. Pensó que podía ser un buen lugar. Por estar ya cercano el otoño, estaba menos transitado, se apreciaban las primeras hojas caídas revoloteando semisecas, eso daba al paraje un aire romántico, y además tenía asegurada la intimidad que necesitaba, para poder estar con ella a solas.

Cogió la vereda del río y buscó el banco que ya era su fiel compañero. Estaba entre varios álamos, semiescondido muy cerca de la orilla. Apreciaba plácidamente el sonido del agua, el trinar de los pájaros y el olor característico de la hierba.

Pensó, como ya era habitual últimamente, que tenía que reorganizar su vida. Borrar todo lo tóxico que le oprimía el alma, y empezar de nuevo, pero ¿cómo se hacía eso? Notó de nuevo que empezaba a entrarle la desesperanza, no podía permitírselo, y de pronto sus ojos se posaron en las hojas que navegaban contentas por el cauce del río.

Habían perdido su árbol, habían perdido el mecerse en sus ramas cuando las agitaba el viento, habían perdido su “hogar”, e iban felices en busca de un nuevo destino.

Observó una rama de algún árbol desprendida, que también se precipitaba ligera a la pequeña cascada. No se dejaba amilanar. Iba como orgullosa realizando su travesía. De pronto una retama la retuvo y hasta parecía que cambiaban impresiones con pequeños movimientos. Un golpe un poco más fuerte de agua la desprendió y siguió alegre, erguida, sin lamentaciones.

El paisaje la envolvía, los árboles se miraban placenteros en el río, el sol ya se escondía por la pequeña montaña que tenía enfrente. Los últimos rayos no querían ocultarse y se resistían, mandando reflejos al agua que dibujaban destellos luminosos de bellos colores, y todo seguía su curso con naturalidad. Era así

No se dió cuenta del paso del tiempo, cuándo miró el reloj, la tarder caía, empezaba a notarse la humedad en el ambiente, se levantó y emprendió su regreso a casa. Iba más oxigenada de mente. abrió el bolso, guardo el libro y sus pasos ya eran menos perdidos, una lucecita de conformidad parecía que invadía su alma, ¡sería capaz!, la naturaleza le había dado una lección, aunque no pudo resistirse y miró el móvil…seguía sin sonar.

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2 respuestas a Las hojas caídas

  1. alpuymuz dijo:

    Bonito momento el recogido, y delicadamente ambientado. Ha su pátina menos melancólica que tristeza… pero se ata una y otra cosa con muy buen pulso y tino. Queda todo, entonces, excelente.
    Sí, decididamente, me ha gustado.
    Un abrazo.

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