La triste sonrisa

 Salí como todos los días, a media mañana, y me dirigí a tomarme un café al establecimiento de siempre. Voy, por la comodidad que la cafetería me ofrece y, porque como ya me conoce el personal, no se molestan preguntándome lo que quiero tomar: me lo sirven a mi deseo, con un “buenos días” cordial, sin más.

La vista desde la cafetería es espectacular, con sus ventanales al mar y al paseo; su observación siempre resulta entretenida y se pasa el tiempo de forma muy grata.

El interior es muy acogedor, forrado de madera y espejos todo alrededor, con unos sofás en los que al sentarte, te abrazan, como si te conocieran y te estuvieran esperando, por eso me gusta.

Había aparcado un poco mi libro de entretenimiento, y miraba distraídamente por los cristales, con la vista perdida. Observaba el maravilloso movimiento de las olas: como empapan la arena, como vienen y, cuando crees que se quedan… se van, dejando un círculo de humedad; enseguida viene otra ola y borra la presencia de la anterior.

Otras veces chocan entre sí, se envuelven, se confunden para con más fuerza romperse contra las rocas del final de la playa. Todo se vuelve espuma, así, en rueda, una y otra vez.

Sin querer, me hizo reflexionar, que es como muchas cosas que te va deparando la vida; van dejando, como las olas, sus huellas más o menos imperceptibles. Unas se superan,  otras quedan difuminadas o se borran e, incluso algunas parece que nunca puedan superarse, hasta que chocan con algo más fuerte y todo queda como blanca espuma. Es curioso, pero a veces el olvido las enjuga, como el arenal a las aguas.

Estaba yo en estos pensamientos y de repente mi vista se fijó en alguien que enseguida me pareció familiar. Le vi pasar por delante de la cristalera y se dirigió a la puerta de entrada a la cafetería. Era él, en un momento me sentí paralizada.¡Cuánto tiempo!

 No lo había vuelto a ver desde hacía varios años; tengo que reconocer, no sé, que me puse algo nerviosa.

Me vio enseguida, y se acercó, con aquella sonrisa que, algún tiempo atrás tanto me atraía y que ahora me dejaba impasible… ¿ o no?

Vino hacia mí suavemente, se le notaba un poco titubeante

-¡Hola, cuánto tiempo hacía que no nos veíamos…

-Sí, es toda una sorpresa.

Yo también me sentía confusa por lo inesperado del encuentro, notaba un temblor imperceptible, casi no me dejaba articular bien las palabras, sentía frío.

-¿Te molesta que me siente?

 Me lo dijo, mientras nos saludábamos y colocaba en otro sillón su abrigo. Era una prenda de la que en invierno nunca prescindía.

– No, me parece muy bien

-¿Puedo invitarte a un café?

-. Yo ya lo he tomado, pero tomaré otro. Me agrada verte, estás igual que siempre.

– Yo sí que deseaba verte…¿ Qué ha sido de tu vida?

– Bueno, me encuentro bien, tengo trabajo, no me puedo quejar.

Dejó de hablar mirándome fijamente durante unos instantes, sus ojos eran cálidos y bajando el tono de voz, poniéndola más grave continuó:

 – Algunas veces quise llamarte por teléfono, pero al final no me atreví. Temía una mala reacción tuya.

– He cambiado de número, con esto de los móviles…ya sabes. La insistencia de su mirada hizo que me sintiera turbada.

-Sigues igual de atractiva para mí. Cuánto te he recordado y qué de días he pensado en que se materializara esta situación de estar sentados juntos y poder hablar de nuevo.

-Tú Juan, no has cambiado nada, cuando quieres…qué bonito hablas. Lo dije con un poco de sonrojo.

– ¿Sabes?, Todo este tiempo he vivido solo, y no he podido olvidarte. Éramos felices. Me equivoqué. El paso de los años me hace ver con más claridad mi fracaso.

 -Si éramos bastante felices, tú lo has dicho, éramos, pero…  creo que todo tiene su momento. Ya es pasado. Éramos…

 Me cogió la mano y seguía siendo igual de suave. Casi no podía reaccionar. Cuántos recuerdos se me agolparon en la mente, en ese momento me trasplanté a diez años atrás y no pude evitar el pensar cuánto nos habíamos querido…. pero me rehíce y  la aparté lentamente.

Saqué fuerzas y le dije:

– Vamos a ver Juan, seamos serios. Han pasado muchos años, me imagino, que hemos vivido muchas situaciones distintas. ¡Oye!, por qué no hablamos de otra cosa. No crees que nos estamos poniendo demasiado transcendentes? ¿Sigues viviendo en esta ciudad?

– No, cuando terminó nuestra relación, pedí el traslado a otra oficina de la empresa. Ahora vivo en el sur, tengo de todo, pero noto que me faltas tú, por eso he provocado este encuentro. No es fortuito. Llevo varios días buscándote. Vengo para ver si puedo recuperarte. He deambulado por los sitios que solíamos frecuentar y hoy por fin…

Lo decía con toda sinceridad y casi con la seguridad de que llegara a compartir sus deseos, por lo que a mí se me ponía difícil.

-No Juan, eso ya pasó, lo lamento. Al verte sentí como una nube de nostalgia, pensando de repente en aquella vida que sí, podía haber sido feliz, ¡tantas veces la habíamos soñado! pero llegas demasiado tarde. Me siento bien ahora. Cambiada, soy otra. No resultaría ¡por favor! no lo estropees.

-Perdona que insista pero lo he pensado mucho. Haré lo que me pidas. Me gustaría tanto un retorno! Por lo menos prométeme que lo pensarás.

– No es posible. Yo comparto mi vida con una persona que está a mi lado, que me quiere, me valora, le correspondo, por lo que esta conversación, debe de terminar, no tiene sentido. Si quieres hablamos de otra cosa.

-Entonces, ¿nunca más? tenía esperanza. Me lo dijo con un tono suplicante y con la cara ensombrecida.

-Tú lo has dicho, no puede ser de otra manera y lo siento. Déjalo en un bonito recuerdo. El día de hoy mejor pensamos que no ha existido.

No podía mirarle a los ojos, me dolía, casi se me soltaban las lágrimas. De aquel amor vivido, me quedaba un gran afecto, nada más, pero aún me dolía. Quise salir de allí con rapidez.

Le susurré “que seas felíz, no puedes hacerte a la ideade cuánto lo deseo”. Le despedí con un beso en la mejilla y él solo me miró con una triste sonrisa.

Recogí mi bolso, mi libro y me alejé haciendo un gran esfuerzo, pensando que el pasado ya pasó ¡había significado tanto para mí! Se me atropellaban los recuerdos.

De lejos volví la cabeza y vi un hombre triste, derrotado que en otros tiempos había formado parte de mi vida y, ¡de qué manera!,  apreté el paso, para evitar la tentación de darme la vuelta y correr a su lado. No dudé, sólo sentí miedo.

Llegué a casa y me estaba esperando Jaime, con la cara complaciente de todos los días, ofreciéndome sus labios para que los besase. Nada más verme me dijo:

– ¿Te encuentras bién? Te veo triste. Cuéntale a quién más te quiere lo que te pasa.

– Me encuentro bien y además, he venido pensando todo el camino en lo mucho que te quiero y te necesito. Abrázame muy fuerte.

Nos fundimos formando un solo cuerpo. Por mi parte en ese momento noté que se diluía de mi vida un fantasma que algunas veces me obsesionaba, incluso sin yo saberlo. Era como algo inacabado que ahora había llegado a su fin.

 Sin embargo, sé que en mis recuerdos, de alguna manera, estarán presentes aquellos bonitos atardeceres al lado de Juan, aquellos sueños, que no volverán a repetirse, pero que será eso, un recuerdo como muchos otros que en su día te hicieron feliz y ahora te hacen sonreír. Solo queda impregnada la blanca espuma de las olas.

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6 respuestas a La triste sonrisa

  1. nosht dijo:

    Yo también quiero que todo se trasforme un blanca espuma de olas.
    Besos j.

  2. junupros dijo:

    Guau! lo leiste entero ¡qué valor! porque me salió un tablón. Te quedo doblemente agradecida. Ya verás como con el tiempo te impregnarás de esa blanca espuma que deseas. Unha aperta forte e deicalogo

  3. alpuymuz dijo:

    Bueno… esa frase final es la del escrito en general y una vez -ya previa atendida, pisada para mí- atenderé a otra que cierra la primera parte, esa forma de entradilla de ubicación: “pero a veces el olvido las enjuga, como el arenal a las aguas”… curiosamente justo delante lleva, precisamente, su abono de “blanca espuma”. Pero tampoco eludo mi idea del escrito: es esa primera parte la que más me gusta, aunque sea la más corta.
    No te moleste mi parecer, sobre no ser nada importante, es el propio.
    Amiga, mi buen abrazo.

  4. junupros dijo:

    Sí, debí de cortar el relato en esa primera parte, le habría dado más fuerza, a la vez que hubiera resultado más corto,menos peñazo y menos vulgar.
    Otra vez será. Gracias y unha aperta.

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