La señora

Se abrió la puerta de aquella pequeña casa con un diminuto jardín y apareció portado en un carrito con ruedas, el féretro. Detrás iba un hombre de mediana edad, el empleado de la funeraria y la persona de servicio, nadie más.

Fuera se habían reunido algunos vecinos de la pequeña localidad, el silencio y el respeto se palpaba en el ambiente, pero para el pueblo era la noticia del día. Alguien había dado la voz de alarma: “delante de la casa de la señora, estaba aparcado un coche funerario”.

Colocaron el féretro en el coche y arrancó con rumbo desconocido, quedándose sola la empleada, que inmediatamente desapareció cerrando la puerta de la casa. Todo aparentemente entró en normalidad.

Me llamó la atención y pensé: “de ésto me tengo que enterar, la curiosidad me podía”. Crucé la calle y busqué un bar, pedí un café y provoqué la conversación con el dueño del establecimiento. En aquel momento no tenía clientela y si ganas de hablar. Me resultó fácil.

Empezó a relatarme que: “la señora, como todos la llamaba, era hija del pueblo, aunque solo había vivido allí la juventud, y los últimos años de su vida. La habían criado para ser algo especial, distinta, fuera de su ambiente. No encajaba en la vida de sus convecinos, por lo que estaba rodeada de un halo misterioso, por desconocimiento, ya que lo que sabían de ella era por “chismes” de unos y otros. Nada más.

Comentaban que era una belleza. Llamaba la atención por su hermosura, pero siempre distante, seria, tenía un aspecto marmóreo. No se relacionaba con amigos de su edad, ni con nadie de la pequeña localidad.

Viajaba y en uno de esos viajes, parece ser, que había encontrado al hombre de su vida. Venía a verla y se les veía pasear muy juntos, alegres, contentos, incluso ella se reía. Por fin daba señales de que era humana.

Decían que iban a celebrar su enlace. Los más distinguido ya tenían invitación, la casa bullía con los preparativos, pero un día antes del evento, él desapareció.

Nadie a ciencia cierta supo lo que había ocurrido, aunque cuentan que un día, a ella le llegó una carta dónde él le confesaba que la había engañado. Al mismo tiempo le pedía perdón por el daño que le había infringido. Estaba ya casado y era padre de tres hijos, no podían seguir adelante. El fracaso y el desamor desgarró su vida. Habría preferido no seguir viviendo.

Para el pueblo quedó estigmatizada. ¡La habían dejado…! No podía salir a la calle, sin que oyera comentarios de comadres con miradas aviesas. No lo pudo resistir y con disgusto de su familia, tomó la determinación de emigrar a la gran ciudad, dónde pasara desapercibida.

Hablan que se instaló en un pequeño piso, estaba tranquila con su soledad, cuando pronto notó cambios en su cuerpo, una semilla germinaba, algo dentro de ella vivía, se le despertó un amor nunca sentido hasta aquel momento. Estaba dando vida a un nuevo ser.

Cuando nació le miraba, le besaba, le admiraba, no lo podía creer. Desde ese momento su vida había adquirido otro sentido, ya tenía una personita para cuidar, formar y entregarse, dependía de ella. La vida había girado para bien, merecía la pena.

Se volcó en su hijo, trabajó dando conciertos de piano por las noches en cafeterías lúgubres, era lo único que medio sabía hacer, daba clases en casa, cuidaba enfermos, hizo todo lo que estaba en su mano y salieron adelante unidos. Ella se sentía otra persona. Ya no tenía pedestal, pisaba tierra, se sentía útil.

El niño se hizo hombre y la madre se dió cuenta que ya podía volar solo, que su labor ya había terminado. Recogió sus pertenencias y con una empleada para que le hiciera compañía, siempre de acuerdo con su hijo, decidió volver al pueblo. Ya no tenía motivos huir.

Los del pueblo la vieron volver. Una tarde un coche se paró delante de la casita semiabandonada, se abrió la puerta y salió una mujer mayor, todavía bella pero ahora sobretodo elegante. Vestía con un traje negro y un pequeño sombrero con una gasa que le difuminaba las facciones de la cara. Metieron el equipaje y fue la última vez que supieron que existía. Nunca más volvió a salir de su refugio. Esperaba con tranquilidad, su obra estaba terminada.

Sabían que un señor la visitaba con asiduidad. Con el tiempo supieron que era el hijo.  El mismo que hoy la había acompañado en su último viaje. Para ella había sido su primera y última salida desde su regreso. Iba acompañada de quién ella quería”.

Y esa es la historia que se cuenta, me dijo el dueño de la cafetería, ahora ya terminó el misterio de “la señora”.

 Pagué lo que había consumido y salí pensativa y admirada. Me resultó un relato triste, muy triste con un final encauzado. ¿Feliz? sólo ella podría decirlo.

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5 respuestas a La señora

  1. alpuymuz dijo:

    Un final encauzado, ¿verdad? Pues de veras que era necesario.
    Está bien encauzado todo el ajustado y estrecho relato. Y me ha gustado; seré uno entre pocos, supongo o, mejor, aentiendo.
    Fuera de crónica en repente de curiosidad, un estupendo abrazo.

  2. junupros dijo:

    Hoy se vería con normalidad, hasta en el pueblo mas remoto, que una mujer tuviera un hijo y lo sacara adelante sin más. En otras épocas estaba mal visto, no era para ponerse una medalla precisamente, era una deshonra para cualquier familia, lo indicado era apartarse. En el relato así lo ví y me alegra que te gustara. Besos.

  3. dotdos dijo:

    La vida por esos pueblos de España… muy bonito el relato y muy bien escrito. Un saludo.

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