Abel

Bajito, delgado, moreno, solo tenía una característica especial, los ojos. Eran pequeños, cansados de vida, pero con una luminosidad que producía destellos. Reían cuando hablaba y actuaban de forma pícara o triste, según el tono que le daba a sus palabras cuando salían de sus labios, esto hacía, que entraras en complicidad con él. Era un gran actor.

Estábamos haciendo unas pequeñas obras en el muro de cierre de nuestra casa y él apareció por allí a dar su “opinión”, se suele hacer mucho, sobretodo en los pueblos que no hay muchas novedades. Al día siguiente, por la mañana temprano, llamó a mi puerta y traía una bolsita, dentro una docena de huevos de sus gallinas. Me los traía como regalo, después de agradecérselo, le ofrecí una cerveza, y desde entonces se convirtió en una visita habitual con cualquier excusa.

Llegaba, se sentaba, y en sus horas de charla, refería con todo lujo de detalles, entonación, paradas, sonrisas, buscando siempre la atención… todas sus peripecias. Como cuando desde la aldea, salió de emigrante, con una maleta de cartón atada con una cuerda para más seguridad, con destino a Suiza. Fregaba torres y torres de platos para ganar el dinero, que enviaba a su mujer e hijos. Así había podido construir una pequeña casita de piedra, con un emparrado en la entrada y dos bancos en los laterales, dónde en las noches calurosas de verano, se sentaba y hablando con las estrellas, les preguntaba el porqué de su soledad. No le respondían, aunque él sabía la causa, sus ojos entonces, mostraban melancolía por el tiempo transcurrido y malgastado.

Me contaba que se había quedado viudo, y que tenía dos hijos, uno desaparecido a voluntad propia, otro tenía un bar en una ciudad cercana, pero se avergonzaba del padre. Él disculpaba esta actitud, porque reconocía que tenía un problema con la bebida… muchos días… se le iba la mano. La familia había padecido las consecuencias que suelen traer estos problemas, y los hijos, una vez muerta la madre, no se lo perdonaron. Con mucha tristeza reconocía que le habían dejado, aunque no perdía la esperanza de que algún día, igual no muy lejano, volvieran. Siempre estaba esperando.

Me hablaba con todo tipo de guiños de complicidad, de su juventud, de sus novias, de las romerías de verano, de la vuelta a casa por el monte cantando, incluso de algún pequeño atraco del que tenía que defenderse… hablaba y hablaba, siempre con su cervecita.

Estas conversaciones, notaba yo, que le daban energía, vitalidad, que salía de su solitaria rutina. Tenía un atractivo para levantarse por las mañanas, asearse y pasar la manguera a toda la casa para que durante el resto del día, se secara. Vivía su vida, a su aire.

Un día se mostró más contento de lo habitual y me confió su secreto. Había conocido en la feria del quince, a una señora muy agradable, que tenía una residencia de mayores, le ofreció una plaza asequible a su pensión, y un hogar. Su felicidad era porque al fin, iba a tener compañía en las largas y tristes noches de invierno. Vino a despedirse con el pelo mojado y repeinado con su raya al lado, su traje negro con la camisa blanca, que había comprado para casarse y aún conservaba, e incluso, se había echado colonia Varón Dandy, me dijo que la había traído de Suiza, hacía muchos años y solo se la echaba en ocasiones especiales.

Me dió pena que se fuera, me había acostumbrado a sus cuentos adornados con todo tipo de color. Me prometió su visita cuando viniera a echarle un ojo a su casa. Se instalaba relativamente cerca.

Estuvo allí un mes escaso. La señora agradable, se mostró con él zalamera hasta que consiguió su objetivo, que no era otro, que tener acceso a sus ahorros y dejarle la libreta del banco a cero. Cuando se dió cuenta y ante la imposibilidad de recuperar el dinero, cogió su maleta y se volvió a su refugio.

Venía muy disgustado, sus ojos no reían, habían perdido viveza. En poco tiempo se abandonó. Como decía él “eran los ahorros de toda mi vida”. Eso, le hundió, era como el último palo que le daba la vida a todo un esfuerzo de lucha, en que en nada había acertado. Había intentado hacer las cosas bien, pero todo le fue adverso. De pronto y sin ilusión por nada, se encontró anciano, abandonado y vapuleado.

Se refugió en su casa con sus gallinas y su emparrado. Una noche hablando con las estrellas, contándoles sus penas, sonriendo, sin ningún rencor, con sus ojos pícaros, les pidió cobijo… no se lo pudieron negar, y en silencio, lentamente, sin hacer ruido, se fué con ellas…

¡Adiós Abel! Cuando miramos al cielo en las noches luminosas, te recordamos.

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10 respuestas a Abel

  1. Querida Julia, que post más entrañable hermoso y triste a al vez, los vellos se me ponen de punta cuando pienso cuantos casos de estos hay en la vida, personas buenas que se dejan engañar por el mero hecho de una compañía, y yo me pregunto hasta cuando van haber casos como el de Abel? hay demasiada gente sin escrúpulos, pero menos mal que hay personas buenas como tú que le dan cobijo a personas como Abel!
    Feliz día del trabajo Julia, me encanta leerte lo sabes verdad?
    Besos que te arropen siempre

    • junupros dijo:

      Feliz día a ti también.
      Como ves hoy me decidí y es que hace un día horrible de frío y lluvia.
      Siempre eres muy amable y agradable para comentar mis post, me gusta que te gusten. Eso siempre halaga. Gracias Carmen por arroparme. Un abrazo.

  2. alpuymuz dijo:

    La vida, en las personas, sepuede concentrar en un puñadico de cuestiones relevantes: y ya desde ahí el acierto brota bien o el fracaso rola sin parar si quiere de la mano del destino. Es una pena, pero en numerosos casos así se produce.
    Me parece una buena entrada colocada y levantada, con sumo tacto, en la tristeza melancólica y comprensiva de un hombre llevado por las circunstancias a ese natural segundo caso.
    Buen día, Julia. Un gran abrazo.

  3. Lehahiah0909 dijo:

    Abel que nombre tan bonito en contraste con una vida tan poco agraciada para este hombre..
    Si bien es cierto que tu eres la culpable de que no haya gozado este hombre de mi simpatía por eso de que se le “iba la mano”, no dejo de reconocer que al final me dejé llevar por la tristeza.
    A veces la necesidad de cubrir agujeros afectivos ciega a las personas sobre todo cuando se llega a cierta edad…y Abel estaba pagando las consecuencias de su mano ligera, con la indiferencia de sus hijos… …la soledad es tan amarga que empaña la vista y siempre hay personas sin escrúpulos que están preparadas para aprovechar esas situaciones de desamparo emocional….( es tremendo pero es así)
    Me gusto mucho trasladarme a un entorno rural….me relantizó y me vino muy bien..
    Tu historia como siempre muy elaborada, me tuviste con los ojos y los sentidos abiertos de principio a fin..
    Ahora me toca a mi dejarte unos cuantos besos…pero con muuuuuuchas alas para que luego las barras jajaajajja….muakkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkk

    • junupros dijo:

      No las voy a barrer, aunque si lo hiciera siempre recogeré las plumas, dan muy buena suerte, las soplo y las guardo.
      Me alegra que te gustara la historia de Abel y tienes razón, que se ganó un poco a pulso su desenlace. No todo, pero si es verdad, que se pasaba en la bebida, para su desgracia. Por lo demás, era una persona encantadora y servicial.
      Te gusta lo rural? A mi me encanta, paso una parte del año, como decimos aquí, en el agro, y es de lo más reconfortante. Todo es distinto todo los días.
      Desde aquí y con sol…Un bico.

  4. brujjita dijo:

    Tan triste como la vida misma…

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