La bola de nieve.

Había amanecido un día con un cielo azul y un sol envidiable, delicioso para pasear cuando cae la tarde. Son los momentos más apetecibles, para observar la naturaleza, ésos, y los del amanecer, cuando reina el silencio de los humanos, antes de que el día despierte.

Ella se instala, como casi todos los días, en su galería, está orientada a poniente, rodeada de entrañables recuerdos, los más íntimos…le permiten soñar. Tiene un maravilloso piano, y toca y toca, instalándose en los tiempos en que era su fiel compañero de trabajo, ahora solo sirve para relajarla y ¡de qué manera!, se transporta a otros lugares, a otros bullicios, a otros escenarios, en los que para ella fue alcanzar su pequeño éxito, su realización plena en la vida.

Hoy es domingo, y en este pueblecillo de raíces profundas, la diferencia con los otros días, es que las personas del lugar, no trabajan, ¡es día santo!, según su expresión. Las campanas de la iglesia llaman para celebrar el culto. Primero tres campanadas, a la media hora dos y por último una, que es la entrada a la celebración.

El celebrante se esfuerza en hacer aquello atrayente, pero es igual, todos asistirían de la misma manera, aunque fuera un “peñazo”, van para verse y por costumbre. Es un acto social, más que religioso.

La gente del pueblo se atavía con sus trajes nuevos, y a la salida comentan las incidencias de lo ocurrido durante la semana. Es como un periódico dominical, pero sobretodo local, porque tiene hasta su “página de colorín”…

Ella, asistió una vez, hace ya mucho tiempo, y quedó sorprendida de las costumbres. La iglesia tiene bancos a derecha e izquierda. Las mujeres se sitúan a la derecha y en la parte delantera de la izquierda; los hombres en lo que queda, y si no caben, se suben al coro, o se quedan fuera hablando del partido del sábado. La cuestión es asistir y verse. Ella, se colocó mal, en un sitio que había entre los hombres, y aquello fue todo un comentario por su atrevimiento. ¡Horror qué miradas desaprobatorias! Hasta el cura se lo advirtió. No volvió nunca más.

En la galería, desde su situación estratégica, ve pasar a las mujeres y a los hombres andando hacia la iglesia, y miran escudriñando para ver si la ven. Ella observa a través de los visillos sin ser vista. No quiere que la vean, le gusta la soledad y mantenerse al margen, eso da lugar a todo tipo de comentarios en esa revista del colorín, a la que antes aludía.

Unos dicen, que lo saben muy bien, que por las noches, ven salir al médico del pueblo, y otras veces al boticario de la casa, y que la visitan, no precisamente por enfermedad. Otros afirman que viene un señor en un coche negro, muy elegante,  y que semiescondido pasa temporadas en la casa. Los más atrevidos aseguran, que tiene poderes extraños, como de brujería, y que realiza encuentros con otras personas, organizando orgías y bacanales impropios.

Nada más lejano de la realidad…¡ Qué daño pueden hacer las habladurías!

Su vida ahora y siempre, ha sido simple y ordenada. Vivió ejerciendo su carrera de pianista en Roma. Allí vivió treinta años, desde muy joven, y estaba bien considerada dentro de su profesión. Conocía los teatros de medio mundo y estaba ya de vuelta de muchas de las vanidades terrenas. Solo buscaba descanso y sosiego.

Un día, hacía ya unos años, cansada de vida, hastiada de todo lo mundano, decidió retirarse, desaparecer sin hacer ruido. Se acordó de aquella casita que hacía tiempo, le había donado su madrina, una buena mujer, soltera y sin hijos. Probó unos días, y encontró tranquilidad entre aquellas paredes. Le gustó y trasladó allí lo más querido para sentirse acompañada en su retiro. Un lugar en donde podía pasar desapercibida. Quería vivir lo que en la época de trabajo tanto había añorado. Encontrarse así misma, vivirse, hablarse y probar un deseado silencio sin compartirlo con nadie. Sólo permitía estar acompañada por su fiel María, que estaba a su lado desde siempre, sin molestar. Se ayudaban mutuamente y era la que llevaba la casa en lo relacionado con la intendencia. Era también su contacto con el mundo exterior.

Eso tan sencillo, sin más, era aquel terrible misterio, aquella vida tan complicada en dónde la querían encasillar. No había dado ningún motivo para que la mal juzgaran. Y así, encastillada en su refugio, solo quería vivir en paz, ¿Cómo aquel pueblecillo en lo más recóndito del mundo, osaba dañar su intimidad? Disfrutar de su soledad… ¿Era pedir tanto?

Metida en su creada burbuja, se enfrascaba en su piano e interpretaba una y otra sonata enloquecida, llenando la casa de sonoras notas musicales, que la transportaban a su mundo real, a ese mundo de una belleza incomparable.

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8 respuestas a La bola de nieve.

  1. Stark dijo:

    Fantástico! Sobre todo el último párrafo, en mi opinión el más importante de todo relato 🙂

  2. carmensimplemente dijo:

    Querida Julia que bella historia nos dejas hoy maravillosa mujer y estupenda pianista querida…que difícil resulta a veces ser diferente y salirse una del redil, me hace gracia lo ocurrido en la iglesia y las habladurías del pueblo, en fin así somos los humanos, estamos siempre preparados para juzgar a los demás y somos incapaces de ver la viga en nuestro ojo y vemos la paja en el ojo ajeno!!
    Muy bonito de verdad
    Feliz lunes bella persona
    Carmen

    • junupros dijo:

      Seguía ese lema del que tú, siempre hablas “vive y deja vivir”, pero ¿ves? algunas veces es difícil. En cuanto a las habladurías, siempre son imparables, lo mejor es convivir con ellas ¿no lo crees tú así, Carmen? Un abrazo y agradecida. Feliz día.

  3. alpuymuz dijo:

    Entonado de verdad, y ambientado preciosamente con el menor material, este relato precioso, raro preciosista si me admites este aire de pleonasmo. Dice con soltura afortunada elegancia mucho acerca de aspectos incrustados en la vida de comunidades pequeñas y en general de las personas. Como me gusta, te felicito llanamente.
    Julia, todo un abrazo. Al

  4. Carmen Enid dijo:

    Siempre es un gusto leerte, Julia, me encanta sobre todo como plasmas los paisajes, los colores que trasmites es como tener la sensación de estar ahí. Las mañanas tienen algo muy particular para mi, admiro ese silencio no quiero escuchar nada en tanto no me prepare emocionalmente para encarar ese nuevo día.

    Y bueno lamentablemente las personas q. se ocupan de hablar de los demás es porque no tienen nada interesante que decir de sí mismos. Abrazos, linda semana

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