EL VIEJO TRONCO

Se despertó temprano y escuchó que en la casa había un movimiento inusual: voces que susurraban, subían, bajaban, corrimiento de muebles, no sé no le gustó e incluso llegó a inquietarse.

Entró su padre en la habitación despacito, se acercó a su cama y le dijo: duermes?

– No, le contestó

– Pues estate tranquila, procura hacerlo que pronto vendrán a vestirte.

No le gustó, hubiera preferido que como todos los días entrara su madre y abriendo las ventanas le dijera: cómo ha dormido mi niña? Arriba que se esta enfadando el sol de tanto esperarte! Eso les hacia reír a las dos y lo primero era echarse en sus brazos y darse un abrazo largo, largo, que le daba energía para todo el día.

Vino Alicia, que trabajaba en la casa de toda la vida, bueno por lo menos de toda su vida y le pusieron un vestido bonito ( le dio a elegir) y se la llevaron a casa de una amiga.

Allí pasó dos o tres día, no lo pasó mal, hasta que su padre vino a recogerla con la ilusión de su vida: un oso espectacular de regalo por el que siempre había suspirado y que los reyes no acababan de traérselo. Por el camino hasta casa le fue explicando que mamá se había ido una temporada con una señora de blanco que vivía en la fraga (terreno donde hay muchos árboles y matorrales de distinta especie), al lado del molino.

No entendió nada.

Y cuándo vuelve? se atrevió a preguntar

-En cuanto encuentre una estrella que ha ido a buscar para que tú juegues con ella.

En el fondo, no le extrañó mucho, ya que muchas veces su madre le decía: vamos hasta la fraga a ver si vemos a la señora de blanco; se sentaban en el viejo tronco, serio, añoso y seguro y allí pasaban horas contándole cuentos e historias que alimentaban su imaginación de niña.

Aquel pequeño bosque con el molino era igual que un concierto de melodías en plena naturaleza: el ruido de las pequeñas cascada del río, el viento susurrando en las copas de los árboles y los árboles hablando en su idioma particular acompañaban y te sentías rodeada de ojos, porque el bosque te ve, te sigue, te acompaña, allí nunca estás sola.

Pasó el tiempo, porque la vida siempre sigue. La madre no volvió y ella entendió la realidad, pero cuando tiene un problema, cuando la vida falla, cuando está abrumada de hastío, cuando…cuando… Sigue yendo a la vieja fraga, se sigue sentando en el viejo tronco, siente una energía especial atrayente y no sabe el porqué, pero allí abre su corazón y le cuenta sus tristezas y alegrías a esa madre que sigue aconsejándola.

Y esto no se lo puede decir a nadie, pero entre la espesura de los árboles, cuando extiende su manto el atardecer  escudriña todavía, esperando ver a la señora de blanco de la mano de su madre sonriente y trayéndole su estrella.

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3 respuestas a EL VIEJO TRONCO

  1. Carmen dijo:

    Precioso relato aunque muy triste !
    Es cierto que el bosque te ve? ya lo intuía yo, pero no quise decirlo, porqué me llaman loca.
    Me alegra ver tu vuelta con esta preciosidad de historia.
    Un abrazo fuerte mi Julia.

  2. Leha dijo:

    Desde luego este relato tiene una magia y una sensibilidad que cala hondo como un relámpago hasta el fondo….la ausencia de una madre es la pérdida del retorno, porque además de no tener más su figura, con todos sus matices, quedamos un poco a la intemperie borrándose de nuestro camino allí donde se prendió la llama de nuestra existencia, la concesión de nuestro alma, el nido donde nos alimentamos de lo que corría por su cuerpo con el calor su amor…por eso cuando ella falta, nos morimos por dentro, se nos queda un agujero que nada ni nadie podrá volver a llenar… La historia es muy bella, y yo se bien donde estaba esa estrella que fue a buscar….imagino que sentada en el viejo tronco, con el bosque como cómplice un día se dio cuenta que dentro de ese agujero algo empezó a brillar..Te mando un abrazo enooorme y si puedo pedirte un favor…no dejes de contarnos historias sencillas de esas que nunca se pueden olvidar

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