¡SALIMOS?…¿ POR QUÉ NO?

Voy a publicar una pequeña historia de amor en tres partes (capítulos, me parece excesivo y rimbombante). Es la primera vez. La verdad, como estoy empezando a escribir en el blog, todo es “la primera vez”… Las presentaré en días sucesivos, según  vaya desarrollándose la situación. Mi ilusión es que si alguién lee esta pequeña historia de amor, sea de su agrado. Siento una vergonzosa timidez …

PRIMERA PARTE: El encuentro

Llegó a la estación como todos los lunes de un día frío de invierno. Estaban los montes teñidos de blanco. Todavía no había amanecido y el reflejo de las estrellas, hacía que lucieran en medio de la noche, de una forma espectacular. La nieve daba aspecto de irrealidad y misterio a las casas que se veían enfrente, parecía un pueblecillo suizo, de esos que figuran en las postalillas.  No había mucha afluencia de viajeros. La estación estaba solitaria, sombría. Era una hora muy temprana.

Miró la tabla de información de horarios de trenes en el panel del vestíbulo, confirmó lo que esperaba: ¡traía una hora de retraso! Buscó en su portatil y sacó unos folios, para repasar un trabajo, que tenía dudoso y debía despachar a primera hora de la mañana con un cliente. Lo había citado hacía varios días y quería demostrar seguridad en su exposición. Era importante, por lo que, se enfrascó en su lectura, sentada en un duro banco y envuelta en su abrigo de piel. Estaba aterida de frio.

De pronto se sintió observada, miró y el observador era un hombre, relativamente joven, que la miraba  sonriente. Vestía traje azul marino, llevaba un maletín en la mano derecha y un abrigo azul, casi negro, colgado del brazo izquierdo, cruzaron sus miradas y sonrió ligeramente.

– Pensé que ya había pasado el tren. Dijo él algo tímido, para romper un poco el “hielo”, como se suele decir, e incluso, nunca mejor dicho.

– No, todavía no, trae una hora de retraso. Se lo dijo, devolviéndole la sonrisa.

– Eso es una buena excusa para entretenernos, si tú quieres, tomando un café, y así, hacer frente al frío de esta mañana.

– ¡Oye!, de acuerdo, lo estaba necesitando, pero me daba mucha pereza moverme. Ahora acompañada es diferente.

Se fueron hasta la cafetería de la estación, había bastante gente, que hacían mucho ruido, Se sentaron  y ¡madre mía! Al verlo de cerca tenía unos ojos profundos, que hablaban, y una boca… ¡guau! De repente se sintió despierta. Una buena compañía reconforta.

Hablaron de cosas intrascendentes, tomando un café calentito y se fumaron un cigarrillo, que les supo a gloria… Congeniaron de manera agradable, la espera se hizo mucho más corta, casi sin darse cuenta anunciaron poe el megáfono de la estación, la llegada del tren.

Se sentaron juntos en el viaje y no cesaron de hablar de un sin fín de cosas. Se dieron cuenta, que tenían mucha afinidad en gustos y maneras de pensar.

En el momento de la despedida, se intercambiaron el número del móvil para llamarse algún día, simplemente para cambiar impresiones y compartir unas risas.

– Por cierto que me llamo Alonso, dijo él.

– Es verdad, ni siquiera nos habíamos presentado, yo Cristina.

***

Ya entrada la noche a ella le sonó el teléfono. No supo quién era, el número no lo tenía como contacto, y fué una grata sorpresa. Era él.

– ¡Hola, dígame!

– Quiero desearte felices sueños, me acuerdo de ti y no podía dormir si no te lo decía. Conocerte, me ha causado una alegría especial. Creo que me gustaría volver a verte y pronto. (Por fin lo soltó, había estado ensayando varias veces, con varias voces: graves, suaves, convincentes, ¿cómo decírselo?. La reacción de ella le asustaba, tenía miedo estropearlo todo con su impaciencia).

-A mí, no me disgusta nada tu propuesta. La veo fenomenal, me resultas muy cercano y creo además, que hoy puede haber sido el principio de una amistad hermosa. Gracias por desearme felices sueños, no puedo menos que decirte lo mismo.

– ¿Nos vemos mañana entonces?

– Bueno no sé cómo tengo el día de trabajo, pero no te preocupes, haré lo posible.

– ¿Dónde?

– Elige tú el sitio, me gustan las sorpresas.

– Lo tendré en cuenta. Hasta mañana Cristina.

– Adios… Alonso.

Cerró el teléfono con la sensación de querer seguir hablando con él.

Se durmió ilusionada, con alegría, pensando en el día siguiente…

***

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