el río y la vida

Desde que se compró el coche, tuvo muchísima más independencia, como es natural. Lo adquirió muy jovencita para poder desplazarse a su trabajo, pero en verano cuando estaba de vacaciones, buscaba tiempo en solitario para pensar; necesitaba tiempo para estar con ella.

Salía a dos sitios principalmente. Uno de ellos era a sentarse en las orillas de los ríos; lanzaba una piedra lisa de forma horizontal y cortaba el agua (así lo llamba ella), y otro muy especial era visitar cementerios para con su silencio y calma, henchirse de paz.

No era una mujer rara, si acaso un poco singular, porque verdaderamente disfrutaba con ese silencio o con el sonido de la naturaleza. Así se evadía de todos los problemas o le ayudaban a solucionarlos. Estas soledades le suponían un alimento para su alma.

Hace unos días tuvo la ocasión de poder volver a sus “orígenes” y pasear la senda de un río. Sentándose en una peña, observaba y escuchaba el sonido cantarín de la pequeña cascada. Estaba rodeada de árboles, que como fieles guadianes, custodiaban toda la orilla hasta dónde se perdía la vista, y de retamas que con el brillo del sol mostraban un bonito tono multicolor. Pensándolo, se puso a comparar la vida de un río con la existencia de un ser humano. ¿Qué diferencia había entre ella y un río? Poca, todo va pasando sin retorno y solo se persigue un fin irremediable. ¡Puf! que transcendente suena, pero en realidad vamos por el cauce, que voluntaria o involuntariamente las circunstancias te van marcando. Algunas veces hasta te desbordan.

Un río brota en su nacimiento pequeño y alegre; empieza a discurrir por su camino, encontrándose con bajadas alborozadas en forma de cascada, más grandes, más pequeñas,  y hay veces que encuentra algún riachuelo amigo que se une a él, y “juegan” juntos. En su vagar, y por la orilla, le acompañan multitud de árboles, ramas, flores, pajarillos que revolotean, beben, picotean y sobre todo le dan vida.

Va tomando más caudal y se vuelve sereno, tranquilo; atraviesa por pueblos, ciudades que le adornan con bonitos puentes para poder atravesarle y admirarle; cruza campos fértiles, llanuras, le sangran bifurcando sus aguas, para poder regar los frutos o utilizarle con fines sanitarios, y él… sigue caminando.

 Como en la vida, llega un momento que encuentra otro río. Este otro río, viene de atravesar distintas tierras y veredas. Trae su bagaje. Se miran, se gustan, se besan y abrazados deciden hacer juntos el resto de la travesía. No separarse hasta el final y unidos, tranquilos en plenitud de caudal, dirigen sus pasos  como si solamente fuera uno, hasta el mar.

La comparación no necesita mucha explicación, solo que si ese otro río especial, durante su caminar, no surge, no se encuentran, no aparece o se desvía, afronta solo la travesía, pero siempre precipitándose, para integrarse suavemente en el mar.

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2 respuestas a el río y la vida

  1. alpuymuz dijo:

    Un hermoso paralelo y un mejor escrito. En un universal tan atestiguado, ya es un logro.
    Todo río es el resumen de una gran causa. La imagen de toda vida fluyente.
    Tu entrada me resulta buenísima; en sencillo: me ha encantado.
    Tus entradas se recrean con hermosos temas parabólicos.
    Un saludo y un gran abrazo. Al

  2. junupros dijo:

    ¡Puf! qué bonito comenatario has hecho. No sé como expresarte mi agradecimiento.
    Intento relatar pensamientos, vivencias, incluso ocurrencias y si te gustan…mejor qué mejor. Un abrazo y gracias.

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