Tu verdad

Sonó el timbre de la puerta tres veces, como nadie salió a abrir, pensé que mi madre estaría organizando la comida en la cocina y que no oía. Bajé, abrí la puerta y era un señor con un portafolios marrón del que sacó una especie de citación:

-Doña Eugenia Orgival Ortíz.

-No, no, se ha equivocado, aquí no vive nadie con ese nombre.

-Sí, dijo mi madre, que había acudido sin yo percibirla. Eres tú.

-Bien, dijo el señor, le hago entrega de esta citación con la hora en que tienen que acudir al notario el próximo jueves, para la apertura del testamento. Todos los datos figuran en este escrito.

Cerramos la puerta y yo miraba a mi madre con ojos escrutadores. ¿qué es eso? Le dije.

Hija mía, creo que ha llegado el momento de que recibas la explicación de tu verdad. Hasta ahora tu padre y yo lo hemos ido demorando, quizá por miedo, quizá por cobardía. No lo sé, te lo diré de la forma que mejor puedas entender, si es que acierto. Siéntate a mi lado que estoy muy nerviosa. Tenía lágrimas en los ojos y yo expectación.

“ Hace veinte años, vivíamos en una ciudad pequeña, antes de que tu padre fuera destinado aquí; teníamos la costumbre de pasear todas las tardes por los jardines de la dehesa, que estaban muy céntricos, eran acogedores y tranquilos. Nos solíamos sentar en un banco oliendo las flores, viendo jugar a los niños hasta que caía la tarde, y regresando a casa, parábamos a tomarnos un café en una terraza de la Plaza Mayor.

Una tarde nos sentamos en un banco dónde había una niña pequeña, con una maletita al lado, como esperando algo; no le dimos demasiada importancia, porque estaba tranquila. Pensamos que sus familiares estarían por allí cerca. Cuando llegó la hora de irnos, se levantó y se agarró de mi mano. ¿qué quieres?, le dije. Con media lengua me entregó una nota y me dijo que nosotros éramos los señores que habíamos quedado en ir a recogerla, según le había dicho su mamá. Esa niña eras tú.

Leímos la nota y nos decía que ¡por favor!, nos hiciéramos cargo de la niña por unos días, hasta que se volviera a poner en contacto con nosotros.

Tú padre, quiso avisar a la policía, pero yo insistí en que lo dejara para el día siguiente, por evitarte una mala noche. Te trajimos a casa con tu maletita.

Te bañamos, te dimos de cenar. Eras todo ojos, todo lo mirabas y solo sonreías, no sabías tu nombre, por más que te lo preguntábamos ¿cómo te llamas? “Mi niña”, contestabas, y de ahí no te sacábamos nada más. Te acosté, con aquella melenita rubia, rizada y vigilé tu sueño. Parecías un ángel. Por mi cabeza pasó, que podías ser nuestra para siempre. Lo deseaba con todas mis fuerzas, aunque la razón se imponía diciéndome: No puede ser, no te hagas ilusiones…había deseado tanto un hijo que nunca llegaba…

Al día siguiente muy temprano, tu madre se puso en contacto con nosotros, no tenía trabajo, no tenía dinero, su familia la rechazaba y en su desesperación había hecho la locura de dejarte en el banco del jardín, siempre vigilando desde lejos. Recapacitando, creía que lo mejor era entregarte de nuevo a la institución, en dónde ya habías estado y te había sacado varias veces. Ella lloraba, no podía más. Te quería con locura, pero la sociedad se imponía a su “pecado” y estaba totalmente acorralada.

Hablé con tu padre, él era más realista y veía un sinfín de problemas. A mí me cegaba el sentimiento. Le convencí fue fácil, él también lo deseaba, nos habías ganado. Decidimos ir con tú madre a la institución y allí mismo adoptarte. En esos momentos se podía hacer.

Tú madre biológica era una joven muy parecida a ti hoy, también rubia, esbelta, guapa, lloró todo el tiempo en que estuvimos juntas y al despedirnos, se abrazó a mí con fuerza y entre susurros me dijo: cuídela, no la molestaré, créame, no tengo otra salida. Mi corazón está desgarrado. Así fue, no la volvimos a ver más.

Contigo la paz y la alegría llegó a nuestra casa. Para ti no había existido nada anterior, éramos tus padres y tú para nosotros una hija deseadísima. Te cuidamos con todo el mimo y te dimos todo lo que pudimos hasta hacer de ti, esta joven encantadora que para nosotros eres.

Tu maleta, además de varios cuentos, que te leíamos en días alternos tu padre y yo mientras dormías, traía algo de ropa, y venía tu partida de nacimiento, habías nacido aquí en Madrid y tu nombre hasta aquel momento había sido Eugenia, ahora te llamabas Rosa, como yo.

El resto ya lo sabes. Tú ahora deberás analizar y digerir, todo lo que te he dicho, sé que es muy fuerte el golpe recibido, me habría gustado que fuera de otra manera. El caso es que no sé de qué manera, posiblemente el destino nuevamente ha jugado con nosotros. No lo sé.”

Subí corriendo, huyendo de todo a mi habitación, con una sensación muy extraña. Me encontraba perdida, el suelo se me movía, todo lo que creía hasta ahora que era seguro, había sido una gran mentira. Mi vida estaba construida en unos cimientos falsos. Me sentí desgraciada.

Me tumbé en la cama y lloré, lloré sola. Me dejaron llorar sin molestarme. Cuando recobré la cordura, empecé a pensar que en el fondo incluso había tenido suerte. Tenía un padre maravilloso, que estaba orgullosísimo de mí, una madre entregada a hacerme feliz y otra madre biológica, que seguro que en la distancia, sin yo saberlo, también me había amado y sufrido toda su vida por mi ausencia. No, si en el fondo era afortunada.

Sequé mis lágrimas, bajé a la cocina dónde estaba mi madre pensativa, al verme mi miró a los ojos con miedo, pero me fundí en ella con un abrazo tan fuerte, que casi nos hicimos daño.

Fui al salón donde mi padre estaba leyendo el periódico, y aunque sé seguro que ya sabía lo que había pasado, me miró como cualquier otro día. Le di un besazo y con una gran sonrisa me dijo “estás loca”, pero se nos saltaron las lágrimas a los dos. Mi padre sólo me dijo, sin hacer referencia a nada: “Hicimos lo que creímos más conveniente, si no estuvo bien, perdónanos.” Me senté a su lado y permanecimos juntos y en silencio. Muy unidos.

El jueves, nos levantamos, nos arreglamos y los tres fuimos al notario. No teníamos ni idea de lo que nos podría decir. Nos pasaron a un despacho. Con mucha seriedad llegó el notario, se presentó y procedió a leernos el testamento de Dña. Eugenia Orgival Ortíz, viuda, que en pleno uso de sus facultades, y al no haber tenido descendencia en su matrimonio, dejaba como única heredera de todos sus bienes, que al parecer no eran pocos, a Rosa Martínez Muñoz, que era yo. Nos leyó una nota adjunta que solo decía:” Siempre te quise, pero no pudo ser. No sabes cuánto lo he sentido siempre. Viví con ese gran secretro inconfesable. Solo puedo pedirte perdón”

Nos miramos los tres y una sombra de tristeza invadió nuestra caras. ¿Cómo tuvo que sufrir aquella mujer toda su vida? Nos cogimos los tres de la mano trasmitiéndonos unidad.

La quiero y la comprendo. Me apena y duele no poder decírselo. No poder tranquilizarla, diciéndole lo feliz que había sido con los padres que había elegido para mi. Lo agradecidos que están ellos por la felicidad que nos dió.  Solo le achaco la falta de fuerza para arrostrar las consecuencias de sus actos, pero tendría sus motivos que no entro a calificar, ni juzgar.

Por eso y por si te llega, lo que nunca te pude decir en persona, te lo digo ahora: Mamá Eugenia, también te quiero.

Pasaron los meses y aparentemente todo fue igual, pero yo no dejaba de pensar en cómo habría sido mi vida, mi verdadera vida, la natural. Me encontraba bien con lo que tenía, pero no dejaba de llevar un gran peso en mi mochila, que me provocaba un desagradable sabor con el que tendría que convivir toda mi vida.

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8 respuestas a Tu verdad

  1. brujjilla dijo:

    Formúlome seriamente non vir a ler as túas entradas.
    Máis que nada porque me fas chorar como unha nena pequena.
    Te expresas con tanto sentimento que se me saltan as bágoas.
    Un bicos lacrimoso.

    • junupros dijo:

      Non me fagas eso meiguiña por deus. Prométoche que na próxima entrada vaste rir, a bo fe que sí. Oíches, chorar tampouco e malo, pon os ollos máis resplandecentes. Un bico forte e seca as bágoas.

  2. alpuymuz dijo:

    De un tema manido, un trato liviano pero sumamente denso, te traslada un peculiar sentimiento de gravedad y hasta de rara normalidad. Debe obedecer a habilidad, igual tan pensada como acaso sin formular. Pero es cierto que coge, sobrecoge y luego estalla en cuanto debe ser esperado. Eso es lo que me parece en primera lectura y no debo indagar más. Llega y sobra.
    El patetismo quedó logrado; la altura de las letras también. Ya te mando mi abrazo y felicitación.

  3. Gaviota dijo:

    La verdad que la incertidumbre que queda clara al final siempre la tendrá como habría sido su vida con ella? Julia deberías escribir un libro si?

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